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Víctor Borisov-Musatov. Humor de otoño (1899). |
EL FINGIMIENTO FELIZ
O la ficción afortunada
Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal de no
llegar hasta el fin con un amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su
esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las
cosas tiene consecuencias más peligrosas que si su caída hubiera sido completa.
Lo que le ocurrió a la marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes,
en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.
Alocada,
aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac
creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón
Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y
que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia
a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El marqués de
Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una
doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que
justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus
sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en
la habitación de su mujer...
—Señora, he sido
traicionado —le ruge enfurecido—; leed este billete: él me lo aclara, ya no hay
tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.
La marquesa se
defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad,
culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen
alguno.
—¡Ya no me
convenceréis, pérfida! —le contesta el marido furibundo—, ¡ya no me
convenceréis! Elegid rápidamente o al instante esta arma os privará de la luz
del día.
La desdichada
señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo
bebe.
—¡Deteneos! —le
dice su esposo cuando ya ha bebido parte—, no pereceréis sola; odiado por vos,
traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? —y tras decir
esto bebe lo que queda en el cáliz.
—¡Oh, señor! —exclama
la señora de Guissac—. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no
me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y
a mi madre.
Envían a buscar
en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los
brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de
nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree
traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Solo
queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual.
Mientras tanto
llega el confesor.
—En este atroz
instante de mi vida —dice la marquesa— deseo, para consuelo de mis padres y
para el honor de mi propia memoria, hacer una confesión pública —y empieza a
acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que
nació.
El marido, que
está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en
semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de
alegría.
—¡Oh, mis
queridos padres! —exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra—,
consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar, tantas preocupaciones
me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún
veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por
lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no solo no debe cometer
el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.
La marquesa tuvo
que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido
envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho
padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza
a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada
por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más
pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta
años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.
Marqués de Sade. El fingimiento feliz.