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sábado, 3 de noviembre de 2018

Emil Cioran: las religiones

Nikolái Roerich, Issa y el cráneo gigante (1932).
Las religiones me enseñaron la senda de la felicidad, a costa "mía". Pero la ilusión de estar "aquí" es más estimulante que la serenidad de no estar en ninguna parte, de estar en los cielos.
... Y entonces volví a la tierra y renuncié a la liberación.

EMIL CIORAN, El breviario de los vencidos (1991).

lunes, 31 de agosto de 2015

Hermann Hesse: solo juzgarse a uno mismo

Nilolaí Roerich. San Procopio el Justo bendice a los viajeros desconocidos (1914).
No tengo ningún derecho a juzgar la vida de los otros. Solo debo juzgarme a mí mismo y elegir o rechazar en función de mi persona.

Hermann Hesse. Siddhartha (1922).

jueves, 16 de julio de 2015

Dostoyevski: un juramento fundamental

Nikolái Roerich. La estrella del héroe (1936).
   No se detuvo en el pequeño porche, sino que bajó rápidamente los peldaños. El alma, desbordante de entusiasmo, sedienta, anhelaba libertad, espacio, anchos horizontes. Sobre su cabeza se extendía, dilatada y sin fin, la bóveda celeste llena de estrellas de suaves reflejos. Desde el cenit hasta el horizonte parecía doblarse, difusa aún, la Vía Láctea. La noche, fresca y sosegada hasta la inmovilidad, había envuelto la tierra. Las torres blancas y las cúpulas doradas de la iglesia mayor brillaban sobre el cielo sembrado de rubíes. Las opulentas flores otoñales se habían dormido hasta la mañana en los arriates cercanos a la casa. La paz de la tierra parecía fundirse con la del cielo, el misterio terrenal se tocaba con el de las estrellas… Aliosha estaba de pie, mirando, y de repente se dejó caer sobre la tierra como fulminado.
   No sabía por qué la abrazaba, no se daba cuenta de la razón por la cual experimentaba un deseo tan irresistible de besarla, de cubrirla de besos, pero la besaba llorando, regándola con sus lágrimas, y juró frenéticamente amarla, quererla por los siglos de los siglos. «Rocía la tierra con lágrimas de júbilo y ama esas lágrimas tuyas…», le resonó en el alma. ¿Por qué lloraba? Oh, él lloraba en su arranque de entusiasmo incluso por aquellas estrellas que le estaban mirando desde las profundidades del infinito, y «no se avergonzaba de su frenesí». Era como si unos hilos de todos esos infinitos mundos de Dios convergieran de golpe en su alma, y toda ella se le estremecía «al entrar en contacto con los otros mundos». Sentía deseos de perdonar a todos por todo y de pedir perdón, ¡oh!, no para sí, no, sino para todos y por todo; «para mí también otros piden», volvió a resonarle en el alma. Pero a cada instante notaba de manera nítida y como si lo palpara que algo firme e inconmovible como aquella bóveda celeste le iba penetrando en el alma. Una especie de idea se adueñaba de su mente y ello ya para toda la vida, por los siglos de los siglos. Se había dejado caer al suelo siendo un débil joven y se levantó hecho un combatiente; de ello tuvo conciencia y lo sintió de pronto en el momento de su éxtasis. Y nunca, jamás, en toda su vida, pudo olvidar Aliosha aquel momento. «Alguien me hizo una visita al alma en aquella hora», decía luego con una firmísima creencia en sus palabras…
   Tres días más tarde dejó el monasterio, lo cual estaba también conforme con las palabras de su difunto stárets, que le había mandado «vivir en el mundo».


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro séptimo (1880).

miércoles, 29 de abril de 2015

Marco Aurelio: el retiro interior

Nikolái Roerich. Glory to the hero (1933).
   Para descansar se buscan las apacibles soledades del campo, las orillas del mar o las serenas montañas. Tú también deseas esto ardientemente y con frecuencia. Y, sin embargo, todo esto no es sino prueba de vulgaridad de espíritu, ya que en cualquier momento que elijamos podemos buscar un retiro incomparable dentro de nosotros mismos.
   En ninguna parte, en efecto, puede hallar el hombre un retiro tan apacible y tranquilo como en la intimidad de su alma, sobre todo si posee esos dones preciosos que, por sí solos, constituyen la libertad del alma, y entendiendo por libertad del alma el estado de un alma en que todo está perfectamente ordenado. Goza, pues, sin cesar de esta soledad y recobra en ella nuevas fuerzas.


Marco Aurelio. Meditaciones, libro IV, 3 (c. 178 a. C.).

jueves, 16 de abril de 2015

Kafka: una contradicción

Nikolái Roerich. San Pantaleón el sanador (1916).
Experimentó una irresistible necesidad de conocer nuevas cosas, pero todas las que encontraba a su paso le aumentaban la fatiga.


FRANZ KAFKA. El castillo, cap. I (1926).

lunes, 9 de febrero de 2015

Gilgamesh: el destino del hombre

Nikolái Roerich. Viajero de la ciudad resplandeciente (1933).
¿Adónde vas, Gilgamesh? La vida que tú buscas nunca la encontrarás. Cuando los dioses crearon a los humanos destinaron la muerte para ellos, guardando la vida para sí mismos. Tú, Gilgamesh, llénate el vientre, goza de día y de noche. Celebra cada día una alegre fiesta, danza y juega día y noche. Ponte vestidos flamantes, lava tu cabeza y báñate. Atiende al niño que te toma de la mano y alégrate. Deléitate abrazando a tu esposa. Pues este es el destino del hombre.


Poema de Gilgamesh. Tablilla X, versión babilónica antigua.

martes, 21 de agosto de 2012

Hermann Hesse: ¿de qué sirve ayunar?

Nikolái Roerich. Alma bendita (1924).

   —Pero permíteme: si no posees nada, ¿qué cosas quieres dar?
   —Cada cual da lo que tiene. El guerrero da su fuerza; el mercader, su mercancía; el maestro, sus conocimientos; el campesino, su arroz; el pescador, sus peces.
   —Muy bien. Y ahora dime ¿qué es lo que tú puedes dar? ¿Qué has aprendido? ¿Qué sabes hacer?
   —Sé meditar, esperar y ayunar.
   —¿Es todo?
   —Sí, creo que es todo.
   —¿Y de qué te sirve? El ayuno, por ejemplo, ¿para qué es útil?
   —Es muy útil, señor. Cuando un hombre no tiene qué comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddhartha no hubiera aprendido a ayunar, ahora tendría que aceptar cualquier empleo, en tu casa o en otra parte, pues el hambre lo impulsaría a ello. Pero al ser como es, Siddhartha puede esperar tranquilamente, pues desconoce la impaciencia y la necesidad; puede aguantar el asedio del hambre largo tiempo, y encima reírse de él. Para eso, señor, sirve el ayuno.

Hermann Hesse. Siddhartha (1922).