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jueves, 31 de octubre de 2013

Nietzsche: la máquina

Remedios Varo. Bordando el manto terrestre (1961).
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Cómo humilla la máquina.—La máquina es impersonal, arrebata al trabajo ese orgullo, esas cualidades y esos defectos individuales que caracterizan a todo trabajo no mecanizado. Se le quita, en suma, al trabajo una parte de humanidad. Antiguamente, comprar a un artesano era concede una distinción a una persona, con cuyas marcas nos rodeábamos; de este modo, los objetos de uso diario y las prendas de vestir se convertían en una especie de símbolo de estimación mutua y de homogeneidad personal, mientras que hoy parece que vivimos solo en medio de una esclavitud anónima e impersonal. No hay que pagar demasiado caras las facilidades del trabajo.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

viernes, 28 de junio de 2013

Borges: una apariencia

Remedios Varo. Apártalos que voy de paso.
   El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.


Jorge Luis Borges. Las ruinas circulares (1940).

jueves, 13 de junio de 2013

Milan Kundera: el peso o la levedad

Remedios Varo. Banqueros en acción.
   La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas, la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real solo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?


Milan Kundera. La insoportable levedad del ser (1984).

martes, 30 de abril de 2013

Sabato: el arte y el sueño

Remedios Varo. Tres destinos (1956).

   Usted ha dicho a menudo que el arte y el sueño tienen parentesco.
   Claro, al menos en el primer momento. En el momento en que el artista se sumerge en el inconsciente, como cuando te dormís. Pero luego sucede un segundo momento, que es de expresión, observá bien: de ex-presión, de presión hacia fuera. Por eso el arte es liberador y el sueño no, porque el sueño no sale. El arte sí, es un lenguaje, un intento de comunicación con otros. Gritás tus obsesiones a otros, aunque sea con símbolos. Lo que pasa es que ya estás despierto y a esos símbolos se mezclan entonces lecturas, ideas, voluntad creadora, espíritu crítico. Ahí es cuando el arte se diferencia radicalmente del sueño. ¿Comprendés? Pero no podés hacer arte en serio sin esa sumersión inicial en el inconsciente. Por eso es ridículo lo que proponen esos tontos: el deber de un arte nacional y popular. Como si antes de dormirte te dijeras: bueno, ahora a tener sueños nacionales y populares.
   Silvia se rió.

Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador (1974).

domingo, 27 de enero de 2013

Cortázar: hacer y deshacer figuras

Remedios Varo. Personaje astral.
   De dónde le vendría la costumbre de andar siempre con piolines en los bolsillos, de juntar hilos de colores y meterlos entre las páginas de los libros, de fabricar toda clase de figuras con esas cosas y goma tragacantos. Mientras arrollaba un piolín negro al picaporte, Oliveira se preguntó si la fragilidad de los hilos no le daba algo así como una perversa satisfacción, y convino en que maybe peut-être y quién te dice. Lo único seguro era que los piolines y los hilos lo alegraban, que nada le parecía más aleccionante que armar por ejemplo un gigantesco dodecaedro transparente, tarea de muchas horas y mucha complicación, para después acercarle un fósforo y ver cómo una llamita de nada iba y venía mientras Gekrepten se-re-tor-cía-las-ma-nos y decía que era una vergüenza quemar algo tan bonito. Difícil explicarle que cuanto más frágil y perecedero el armazón, más libertad para hacerlo y deshacerlo. Los hilos le parecían a Oliveira el único material justificable para sus inventos, y solo de cuando en cuando, si lo encontraba en la calle, se animaba a usar un pedazo de alambre o algún fleje. Le gustaba que todo lo que hacía estuviera lo más lleno posible de espacio libre, y que el aire entrara y saliera, y sobre todo que saliera; cosas parecidas le ocurrían con los libros, las mujeres, y las obligaciones, y no pretendía que Gekrepten o el cardenal primado entendieran esas fiestas. 

Julio Cortázar. Rayuela (1963). 

sábado, 12 de enero de 2013

Cortázar: la monstruosa perfección del cosmos


Remedios Varo. Revelación o El relojero (1955).
   Me desperté y vi la luz del amanecer en las mirillas de la persiana. Salía de tan adentro de la noche que tuve como un vómito de mí mismo, el espanto de asomar a un nuevo día con su misma presentación, su indiferencia mecánica de cada vez: conciencia, sensación de luz, abrir los ojos, persiana, el alba.
   En ese segundo, con la omnisciencia del semisueño, medí el horror de lo que tanto maravilla y encanta a las religiones: la perfección eterna del cosmos, la revolución inacabable del globo sobre su eje. Náusea, sensación insoportable de coacción. Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano.
   Antes de volver a dormirme imaginé (vi) un universo plástico, cambiante, lleno de maravilloso azar, un cielo elástico, un sol que de pronto falta o se queda fijo o cambia de forma.
   Ansié la dispersión de las duras constelaciones, esa sucia propaganda luminosa del Trust Divino Relojero.

Julio Cortázar. Rayuela (1963).

miércoles, 31 de octubre de 2012

Gao Xingjian: la búsqueda del lenguaje total

Remedios Varo. El relojero (1955).

¿Cómo encontrar, por último, un lenguaje puro y cristalino, musical, inmarcesible, más elevado que la melodía, más allá de los límites establecidos por la morfología y la sintaxis, sin distinción entre el objeto y el sujeto, que trascienda a las personas, se desembarace de la lógica, en constante desarrollo, que no recurra ni a las imágenes, ni a las metáforas, ni a las asociaciones de ideas, ni a los símbolos? Un lenguaje que pudiera expresar enteramente los sufrimientos de la vida y el temor a la muerte, las penas y las alegrías, la soledad y el consuelo, la perplejidad y la espera,  la vacilación y la determinación, la debilidad y el valor, los celos y el remordimiento, la calma, la impaciencia y la confianza en uno mismo, la generosidad y el tormento, la bondad y el odio, la piedad y el desánimo, la indiferencia y la paz, la villanía y la maldad, la nobleza y la crueldad, la ferocidad y la bondad, el entusiasmo y la frialdad, la impasibilidad, la sinceridad y la indecencia, la vanidad y la codicia, el desdén y el respeto, la jactancia y la duda, la modestia y el orgullo, la obstinación y la indignación, la aflicción y la vergüenza, la duda y el asombro, y la lasitud y la decrepitud y el intento perpetuo de comprender y no menos perpetuo de no comprender y la impotencia de no lograrlo.

Gao Xingjian. La montaña del alma (1990).

sábado, 27 de octubre de 2012

Cortázar: el verdadero absurdo

Remedios Varo. Robo de sustancia (1955).
    —Y esas crisis que la mayoría de la gente considera como escandalosas, como absurdas, yo personalmente tengo la impresión de que sirven para mostrar el verdadero absurdo, el de un mundo ordenado y en calma, con una pieza donde diversos tipos toman café a las dos de la mañana, sin que realmente nada de eso tenga el menor sentido como no sea el hedónico, lo bien que estamos al lado de esta estufita que tira tan meritoriamente. Los milagros nunca me han parecido absurdos; lo absurdo es lo que los precede y lo que los sigue.

Julio Cortázar. Rayuela (1963).

sábado, 6 de octubre de 2012

Vargas Llosa: toda novela es una mentira

Remedios Varo. El juglar.

Quizás, amigo novelista en ciernes, sea éste el momento oportuno para hablar de una peligrosa noción aplicada a la literatura: la autenticidad. ¿Qué es ser un escritor auténtico? Lo cierto es que la ficción es, por definición, una impostura —una realidad que no es y sin embargo finge serlo— y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad. 

Mario Vargas Llosa. Cartas a un joven novelista (1997).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sabato: el poema de Bruno

Remedios Varo. Aurora (1962).
   —Sí, Alejandra es un ser complicado. Y tan distinta a la madre. En realidad es una tontería esperar que los hijos se parezcan a sus padres. Y acaso tengan razón los budistas, y entonces ¿cómo saber quién va a encarnarse en el cuerpo de nuestros hijos?
   Como si recitara una broma, dijo:

                       Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:
                       a una hormiga,
                       a un árbol,
                       a un tigre de Bengala;
                       mientras nuestro cuerpo se disgrega
                       entre gusanos
                       y se filtra en la tierra sin memoria,
                       para ascender luego por los tallos y las hojas,
                       y convertirse en heliotropo o yuyo,
                       y después en alimento del ganado,
                       y así en sangre anónima y zoológica,
                       en esqueleto,
                       en excremento.
                       Tal vez le toque un destino más horrendo
                       en el cuerpo de un niño
                       que un día hará poemas o novelas,
                       y que en sus oscuras angustias
                       (sin saberlo)
                       purgará sus antiguos pecados
                       de guerrero o criminal,
                       o revivirá pavores,
                       el temor de una gacela,
                       la asquerosa fealdad de comadreja,
                       su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,
                       su fama de prostituta o pitonisa,
                       sus remotas soledades,
                       sus olvidadas cobardías y traiciones.


   Martín lo oyó perplejo: por una parte parecía que Bruno recitaba en broma, por otra sentía que de algún modo aquel poema expresaba seriamente lo que pensaba de la existencia: sus vacilaciones, sus dudas. Y conociendo ya su extremo pudor, se dijo: Es de él.

Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).

domingo, 5 de agosto de 2012

Sabato: el tormento de los celos

Remedios Varo. Abut.

DESPUÉS de este inmenso tiempo de mares y túneles, bajaron por la escalinata. Cuando los vi del brazo, sentí que mi corazón se hacía duro y frío como un pedazo de hielo.
   Bajaron lentamente, como quienes no tienen ningún apuro. «¿Apuro de qué?», pensé con amargura. Y sin embargo, ella sabía que yo la necesitaba, que esa tarde la había esperado, que habría sufrido horriblemente cada uno de los minutos de inútil espera. Y sin embargo, ella sabía que en ese mismo momento en que gozaba en calma yo estaría atormentado en un minucioso infierno de razonamientos, de imaginaciones. ¡Qué implacable, qué fría, qué inmunda bestia puede haber agazapada en el corazón de la mujer más frágil! Ella podía mirar el cielo tormentoso como lo hacía en ese momento y caminar del brazo de él (¡del brazo de ese grotesco individuo!), caminar lentamente del brazo de él por el parque, aspirar sensualmente el olor de las flores, sentarse a su lado sobre la hierba; y no obstante, sabiendo que en ese mismo instante yo, que la habría esperado en vano, que ya habría hablado a su casa y sabido de su viaje a la estancia, estaría en un desierto negro, atormentado por infinitos gusanos hambrientos, devorando anónimamente cada una de mis vísceras.
   ¡Y hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De qué podría hablar María con ese infecto personaje? ¿Y en qué lenguaje?
   ¿O sería yo el monstruo ridículo? ¿Y no se estarían riendo de mí en ese instante? ¿Y no sería yo el imbécil, el ridículo hombre del túnel y de los mensajes secretos?

Ernesto Sabato. El túnel (1948).

lunes, 25 de junio de 2012

Novakovich: vivo con papeles de muerto


Remedios Varo. Fenómeno.
Media hora más tarde, el jefe de policía Vukic, somnoliento, frotándose las bolsas de los ojos con los nudillos, se presentaba en la comisaría de la policía.
   Se quedó atónito ante el aspecto de Ivan, cuyo cabello se le había vuelto completamente blanco durante sus tribulaciones, por lo que sí tenía en verdad algo de fantasma.
   —¡Pero si estás muerto! ¡No puedes estar aquí! —dijo Vukic—. ¿Qué diablos está sucediendo?
  —A mí me parece que estoy vivo, aunque por supuesto podría equivocarme.
  —No puedes estar vivo. En el registro constas como muerto. —Volviéndose hacia el policía joven, que había regresado, Vukic dijo—: Habrá que devolverlo a la tumba. No hay más.
   —¿Qué quiere decir?
   —Lo que quiero decir es que su sitio está en el cementerio.
   —¿Significa que tenemos que matarle?
   —No, no, no podemos matar a un muerto, eso sería algo innecesario. Lo devolveremos donde estaba. Es el procedimiento más correcto, y será fácil, puesto que el papeleo está ya todo hecho. En el registro consta como muerto. ¡Dios, cuánto odio el papeleo!
   —¡Pero si estoy vivo! —protestó Ivan, al que no le gustaba el cariz de la conversación.
  —¡Cierra el pico! —Vukic se restregó las bolsas de los ojos—. Uhm, me estoy volviendo loco. No debería volver a beber ouzo.

Josip Novakovich. El día de los inocentes (2004).

miércoles, 30 de mayo de 2012

Borges: alterar el pasado


Remedios Varo. Despedida.


   En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido, pero nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos, que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho remoto, por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar el pasado no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea con otras palabras; es crear dos historias universales.

Jorge Luis Borges. La otra muerte (1949).


jueves, 5 de abril de 2012

Libro de Amós: el día del Señor

Remedios Varo. Fenómeno de ingravidez.
¡Ay de los que ansían que llegue
el día del Señor!
¿Sabéis cómo va a ser para vosotros ese día?
Será de oscuridad y no de luz.
Será como cuando uno huye de un león
y se topa con un oso,
o como cuando uno entra en su casa,
se apoya en la pared,
y lo muerde una culebra.
Sí, el día del Señor será de oscuridad y no de luz;
de densa oscuridad, sin claridad ninguna.

Libro de Amós. Capítulo 5, 18-20.

sábado, 31 de marzo de 2012

Sabato: escuchadores al alcance de todos



Remedios Varo. El encuentro.

   Ofrecemos los servicios de nuestros hábiles y experimentados escuchadores, que oirán todo lo que usted quiera decir, sin interrumpirlo, por un moderado estipendio. Cuando nuestros escuchadores escuchan, sus rostros expresan interés, piedad, simpatía, comprensión, odio, esperanza, desesperación, furia o alegría, según el caso lo requiera. Abogados y políticos, presidentes de clubs, predicadores, hallarán experiencia en ensayar sus discursos ante nuestros expertos. Así como las personas solitarias que no tengan con quien hablar. Cualquiera puede contarles libremente sus problemas domésticos o sexuales, sus ideas para negocios o inventos, sin temor de que su secreto sea violado. Miles de testimonios a su disposición certifican este aserto. Dé rienda suelta a sus sentimientos ante nuestros escuchadores y muy pronto advertirá los beneficios. –THE SOUTHERN LISTENING BUREAU, Little Rock, Arkansas.

Ernesto Sabato. Publicidad de periódico en Abaddón el exterminador (1974).