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miércoles, 25 de marzo de 2015

Patricia Highsmith: los casamientos

Jan Steen. Wedding of Tobias and Sarah (1667-1668).
Los casamientos deberían ser secretos, pensó Tom, tan privados como la noche de bodas… lo que no era decir mucho. Si en los casamientos la mente de todo el mundo estaba, a fin de cuentas, en la noche de bodas, ¿por qué el asunto era tan descaradamente público? Había algo bastante vulgar en eso.

Patricia Highsmith. La máscara de Ripley (1970).

martes, 15 de julio de 2014

Patricia Highsmith: un hombre fascinante

Félix Vallotton. En el café (1909).
   —¿Cómo es que sabes tanto? —le preguntaban, fascinadas por su explicación sobre el fracaso de la campaña de Gallipoli en la Primera Guerra Mundial.
   Entonces Andy les contaba que había estado a punto de ser profesor de Historia, o de Física, o de Geografía, o de Oceanografía, pero había cambiado de idea porque su mujer le había dicho (cuando él tenía veintidós años y estaba a punto de licenciarse) que nunca sería feliz como esposa de un profesor de instituto porque el salario era muy bajo.
   Esa triste historia, contada en un tono varonil que le restaba importancia y carente de todo rencor, hacía que las mujeres sintieran compasión extrema y despreciaran en voz alta el egoísmo y la mezquindad de su propio género. Ellas eran distintas, por supuesto. No había más que ver cómo hablaban de tú a tú con un hombre, cómo él las escuchaba y parecía valorarlas como personas, no como meras mujeres con las que acostarse. La máxima intimidad que Andy se permitía era un roce en el codo al cruzar la calle o al entrar y salir del coche.


Patricia Highsmith. El buscador de emociones

sábado, 23 de febrero de 2013

Patricia Highsmith: los hijos de un dictador africano

Konstantin Makovski. Africano (1882).

   Los hijos favoritos de Bomo eran dos, de madres diferentes. Uno se llamaba Kuo, y andaba por los dieciocho; el otro, Paulo, de la misma edad, con un par de meses de diferencia más o menos. Ambos deseaban ser sucesores de su padre y vivía en el Pequeño Palacio con sus mujeres, que oscilaban entre tres y cuatro para cada uno. Bomo los hacía enfrentarse mutuamente, instándolos a que compitieran en severidad contra la insurrección y a disparar primero, que era lo que había que hacer para gobernar en Nabuti. Algún día, uno de ellos mataría al otro y entonces Bomo sabría que su país caería en las manos más indicadas, las del hombre más fuerte.

Patricia Highsmith. Nabuti: cálida bienvenida a un Comité (1987).

domingo, 17 de febrero de 2013

Patricia Highsmith: ideas breves para relatos breves

Edouard Manet. Mujer escribiendo (1863).

  La mayoría de los novelistas tienen muchas ideas breves e insignificantes que no pueden ni deben convertirse en libros. Con ellas, no obstante, pueden escribirse relatos cortos buenos y hasta excelentes. Algunos son de índole fantástica e incluyen máquinas del tiempo o fenómenos sobrenaturales. Tal vez un escritor no logre distraerse a sí mismo o distraer al lector a lo largo de doscientas cuarenta páginas con fantasías de este calibre, pero diez páginas seguramente agraden a todo el mundo. Sé de novelistas que descartan ideas para relatos breves, sin molestarse siquiera en anotarlas. Creo que en este aspecto los novelistas de suspenso son menos susceptibles y cuentan con una imaginación más dúctil que los demás novelistas.
   No dejes de anotar todas tus ideas por más insignificantes que parezcan. Es sorprendente constatar cuán a menudo una frase apuntada en una libreta conduce inmediatamente a otra frase. Un argumento puede ir construyéndose a medida que se van tomando notas. Cierra la libreta y piensa en ello durante algunos días y luego, ¡listo! Ya estás preparado para escribir un relato breve.

Patricia Highsmith. Suspense (1966).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: la influencia de un libro

Patricia Highsmith en Nueva York (1941).
Solo en estos últimos años me he dado cuenta de que en mi escritura ha tenido una importante influencia un libro llamado The Human Mind (La mente humana), de Karl Menninger, que mis padres compraron casualmente cuando yo tenía ocho o nueve años. Ese libro trata de aberraciones y enfermedades mentales y presenta resúmenes de casos en los que se ofrece en negrita el historial o los síntomas de un paciente —cleptomanía, piromanía, pederastia, esquizofrenia paranoide, por ejemplo— y debajo, en tipografía normal, los comentarios del psiquiatra acerca de si esa persona se curó o no, o sobre si había o no alguna esperanza para aquel caso. De niña me fascinó aquel grueso tomo, aunque no me di cuenta del efecto causado en mí hasta que pasaron algunos años. Pero el hecho de que empezara a escribir historias breves de carácter retorcido o psicópata cuando tenía quince o dieciséis años habla de la influencia que tuvo ese libro, que para mí era como una colección de cuentos de hadas; cuentos reales en cualquier caso.

Patricia Highsmith. Prólogo del libro Escalofríos (1989).

martes, 25 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: una carta adversa

Pierre Bonnard. La carta (1906).
Don,
      lamento muchísimo haber esperado tanto tiempo antes de contestar tu carta, pero aquí voy siempre de una cosa a otra. Hasta hoy no he conseguido instalarme con el orden suficiente para empezar a trabajar. (...)
      Eres un ángel, Don. Lo sé y no lo pienso olvidar. Tampoco olvidaré nuestros días en la Côte. Pero, querido, no soy capaz de verme en un cambio de vida tan radical y abrupto como para casarme, ya sea aquí o allá. Me resultará imposible pasar las Navidades en Estados Unidos porque estoy muy ocupada por aquí. Por otra parte, ¿por qué ibas tú a arrancar tus raíces de Nueva York? Tal vez en Navidad, cuando te llegue esta carta, tus sentimientos hayan cambiado un poco.
      ¿Me volverás a escribir, por favor? ¿Intentarás que esto no te haga desgraciado? ¿Y podemos volver a vernos? ¿Tal vez de manera inesperada y maravillosa, como pasó en Juan-les-Pins?

Rosalind

   Se metió la carta en el bolsillo y salió a toda velocidad a la calle. Sus pensamientos eran un caos, señales de una angustia mortal, gritos de una muerte silenciosa, órdenes confusas que impelían a su ejército derrotado a retirarse antes de que fuera demasiado tarde, a no abandonar, a no morir.
   Un pensamiento se abrió paso con cierta claridad: la había asustado. Su declaración estúpida y desenfrenada, el torrente de planes se había vuelto sin duda en su contra. Si hubiera dicho solo la mitad, ella habría entendido cuánto la quería. Pero había sido muy concreto. Le había dicho: <<Querida, te amo. ¿Puedes venir a Nueva York por Navidad? Si no, puedo volar yo a París. Quiero casarme contigo. Si prefieres vivir en Europa, me las arreglaré para instalarme allí también. Me sería tan fácil...>>.
   ¡Qué imbécil había sido!

Patricia Highsmith. Pájaros a punto de alzar vuelo (1946).

sábado, 22 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: un crimen peculiar

Jean David. El espantapájaros y las aves.
   Había decidido que el mejor momento para poner en práctica su plan era a plena luz del día, mejor que por la noche, cuando se hubiera visto obligado a usar una linterna en cuyo extraño brillo alguien habría podido reparar. De modo que Skip rodeó el cuerpo de Frosby con un brazo y lo arrastró campo arriba hacia su espantapájaros. Era un trayecto de casi un kilómetro. Skip llevaba una cuerda y un cuchillo en los bolsillos traseros. Cortó el viejo espantapájaros, cortó las cuerdas que sujetaban las prendas de ropa a la cruz, vistió a Frosby con los viejos pantalones y la chaqueta, le ató un saco de arpillera en torno a la cabeza y a la cara y le plantó encima el sombrero. Como el sombrero se negaba a permanecer en su sitio si no lo ataba, Skip le abrió unos agujeros en el ala con la punta de su cuchillo para pasar la cuerda. Luego recogió los sacos y echó a andar de vuelta hacia su casa, cuesta abajo, con muchas miradas hacia atrás para admirar su obra y muchas sonrisas. El espantapájaros parecía casi el mismo de siempre. Había resuelto un problema que mucha gente consideraba difícil: qué hacer con el cuerpo. Además, podía darse el gusto de contemplarlo con sus anteojos desde la ventana del piso superior.

Patricia Highsmith. A merced del viento (1979).

miércoles, 11 de julio de 2012

Patricia Highsmith: ¿a quién elegir?

René Magritte. El ramo perfecto (1957).

Harry se avergonzó de sus pensamientos. Él y Connie acababan de pasar una hora maravillosa en la cama. ¡Cómo se atrevía a pensar en Lesley! Pero lo cierto es que había pensado en Lesley, y seguía pensando en ella. ¿Tendría que abandonar esos cautivantes ojos castaños, esa sonrisa, ese cabello castaño (siempre con un corte excelente, por supuesto) que parecía recién lavado cada vez que la veía? Sí, tendría que abandonar todo eso si se casaba con Connie y dormía todas las noches en Connecticut.
   —¿En qué estás pensando? —Connie sonrió, con cara de sueño. Sus labios eran un encanto sin pintalabios, como ahora.
   —En nosotros —dijo Harry. Era domingo por la noche. Había estado en la misma cama con Lesley la noche anterior, y ella se había ido esa mañana a comer con sus padres.
   —Hagamos algo al respecto —dijo Connie en su voz suave pero firme, y apagó el cigarrillo. Se levantó la sábana hasta el pecho, pero uno de sus pechos quedó a la vista.
   Harry miró embobado el pecho. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejar esperando a las dos muchachas indefinidamente? ¿Disfrutar de ambas y no casarse nunca? ¿Cuánto podía seguir así hasta que una o la otra se hartara? ¿Dos meses más? ¿Un mes? Algunas muchachas se apresuraban, otras se lo tomaban con calma. Connie era de las pacientes, pero demasiado inteligente para desperdiciar mucho tiempo. Lesley ahuecaría el ala incluso más rápido, creía Harry, si sospechaba que él estaba eludiendo el tema del matrimonio. Lesley lo dejaría con una sonrisa y sin hacerle una escena. En un sentido, las dos eran iguales: ninguna iba a esperar para siempre. ¿Por qué no podía uno tener dos esposas?

Patricia Highsmith. A propósito (1981).

miércoles, 20 de junio de 2012

Patricia Highsmith: rituales absurdos

Paul Gauguin. Te faaturuma.

   —Hace poco estaba leyendo sobre los habitantes de una isla en el Pacífico que consideran la paranoia como un estado mental normal y se incitan a ella unos a otros. La paranoia no es aceptada en nuestra sociedad, y cualquiera que la padezca se mete en problemas de un modo u otro. No está socialmente aprobada. Pero en esta colonia del Pacífico Sur, la gente que no muestra paranoia es considerada subnormal e incluso se la margina. Las esposas no pueden intercambiar cuencos de sopa, porque se supone que deben sospechar que estará envenenada. Nadie cuestiona la racionalidad, te das cuenta, porque todos han sido educados de la misma manera.
   Theodore hizo una pausa, temblando de frío de pies a cabeza.
   —Bueno, ¿a dónde quieres llegar, Teo? —preguntó Ramón, apoyándose en un codo.
   —Al hecho de que nosotros vivimos bajo rituales igualmente absurdos, que nadie... o que muy pocos se atreven a criticar, por temor a ofender a la mayoría de gente.

Patricia Highsmith. Un juego para los vivos (1958).

miércoles, 13 de junio de 2012

Patricia Highsmith: perfil de un hombre

Pedro Pablo Rubens. Retrato de un hombre joven.
   Theodore Wolfgang Schiebelhut tenía treinta y tres años, era alto y delgado, especialmente alto comparado con el mexicano promedio. Llevaba el cabello, rubio y con mechones castaños, bien corto a los lados de la cabeza y más bien poblado en lo alto, sin raya. Se mantenía en forma, sonreía con facilidad, y había una ligereza en su andar y en sus maneras que le otorgaba un aire de juventud y alegría, incluso cuando estaba deprimido. La mayoría de la gente lo consideraba alegre, a pesar de que todas sus ideas conscientes eran las de un pesimista. Gentil por naturaleza y educación, ocultaba sus depresiones a todo el mundo. Sus estados de animo no solían tener una causa que él o alguien más pudiesen descubrir, de modo que no se sentía con derecho a mostrarlos en el sistema social de las cosas. Pensaba que el mundo no tenía ningún sentido, ninguna finalidad excepto la nada, y que todos los logros del hombre eran perecederos, bromas cósmicas, como el hombre mismo. Dado que creía en esto, necesariamente pensaba que uno debía sacarle el máximo partido a lo que tenía, un pequeño plazo, una pequeña vida; tratar de ser lo más feliz posible y hacer felices a los otros si era posible. Theodore se consideraba tan feliz como era lógico que alguien lo fuera en una época en que las bombas y la aniquilación pendían sobre las cabezas de todos, aunque la palabra "lógico" lo perturbaba en ese contexto. ¿Podía uno ser lógicamente feliz? ¿Acaso había algo que fuese lógico en ello?

Patricia Highsmith. Un juego para los vivos (1958).