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martes, 28 de abril de 2015

Dostoyevski: el perfil de Aliosha

Rembrandt. Titus van Rijn in a Monk's Habit (1660).
En su infancia y juventud fue poco expansivo y hasta poco hablador, pero no por recelo, timidez o sombrío retraimiento, sino más bien, al contrario, por otra cosa, por una preocupación en cierto modo interior, estrictamente personal, que no concernía a los demás, pero de tanta importancia para él que al parecer le llevaba a olvidarse de los otros. Sin embargo amaba al prójimo: diríase que vivía toda su vida creyendo por completo en los hombres, sin que nadie le tuviera nunca ni por un bendito ni por un ingenuo. Algo había en Aliosha que decía y hacía sentir (y así fue luego durante toda su vida) que él no quería ser juez de los demás, que no quería encargarse de condenar a nadie y que no lo haría por nada del mundo.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro primero (1880).

martes, 21 de abril de 2015

Marco Aurelio: qué rápido termina todo

Rembrandt. Autorretrato (1630).
¡Qué rápido termina todo! ¡En el mundo nuestros cuerpos y en el tiempo los recuerdos! Del mismo modo se desvanecen todas las cosas que distraen nuestros sentidos y, más aún, las que nos atraen con el placer, nos aterrorizan por el dolor o adulan nuestra vanidad. ¡Qué frívolo y despreciable nos parece todo esto a la luz de la razón!


Marco Aurelio. Meditaciones, libro II, 12 (c. 178 d. C.).

sábado, 26 de octubre de 2013

Nietzsche: una promesa

Rembrandt. Erudito en su estudio (1634).
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Promesa solemne.—Prometo no leer más a autores que dejen entrever su intención de escribir un libro; en lo sucesivo leeré solo a aquellos cuyas ideas forman impensadamente un libro.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

sábado, 9 de febrero de 2013

Epicuro: el placer como ausencia del dolor

Rembrandt. La meditación del filósofo (1632).
   Entonces, cuando afirmamos que el placer es el fin, no nos referimos a los placeres de los disolutos ni a los que se dan en las juergas, como algunos por ignorancia creen o porque no están de acuerdo o interpretan mal, sino a la ausencia del dolor en el cuerpo y de turbación en el alma. Pues ni banquetes ni francachelas continuas, ni juergas con muchachos y mujeres, ni el pescado y todo cuanto puede ofrecer una suntuosa mesa, es lo que hace dulce la vida, sino el cálculo juicioso que investiga los motivos de cada elección o rechazo y elimina las opiniones por las cuales una fuerte agitación se apodera de las almas.

Epicuro. Carta a Meneceo (Siglo III a. C.).

domingo, 9 de diciembre de 2012

Nietzsche: las mentiras de los hombres buenos


Rembrandt. El joven Rembrandt como Demócrito, el filósofo sonriente (1629).
Voy a tener una gran ocasión para demostrar los efectos tan desmesuradamente nefastos del optimismo, este engendro de los homines optimi en la historia entera. Zaratustra, el primero que comprendió que el optimista es igual de décadent que el pesimista, y quizá más perjudicial, dice: los hombres buenos no dicen nunca la verdad. Los buenos os han enseñado falsas orillas y seguridades; entre mentiras de los buenos habéis nacido y habéis sido cobijados. Todo, hasta el fondo, está falseado y deformado por los buenos.
Afortunadamente, el mundo no está construido sobre instintos en los que, de hecho, el simple bonachón animal de rebaño encuentre su estrecha felicidad; exigir que todo se convierta en “buen hombre”, animal de rebaño, de ojos azules, benévolo, “alma bella” —o como desea el señor Herbert Spencer, altruista—, significaría extirpar al existir su carácter grandioso, significaría castrar a la humanidad y reducirla a una miserable chinería. ¡Y esto se ha intentado!... Justo a esto se ha llamado moral… En este sentido, Zaratustra a veces denominaba a los buenos “los últimos hombres”, a veces el “principio del fin”; sobre todo los considera como la clase de hombre más perjudicial, porque establecen su existencia tanto a costa de la verdad como a costa del futuro.

Friedrich Nietzsche. Ecce Homo (1888).