![]() |
| Odilon Redon. El hombre primitivo. Sentado en la sombra. |
—Es que tú no
puedes suicidarte, aunque lo quieras.
—¿Cómo? —exclamó
al verse de tal modo negado y contradicho.
—Sí. Para que
uno se pueda matar, ¿qué es menester?
—Que tenga valor
para hacerlo —me contestó.
—No —le dije—,
¡que esté vivo!
—¡Desde luego!
—¡Y tú no estás
vivo!
—¿Cómo que no
estoy vivo? ¿Es que he muerto? —y empezó, sin darse cuenta de lo que hacía, a
palparse a sí mismo.
—¡No, hombre,
no! —le repliqué—. Te dije que no estabas despierto ni dormido y ahora te digo
que no estás ni muerto ni vivo…
—¿Cómo que no
existo? —exclamó.
—No, no existes
más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi
fantasía y de las de aquellas de mis lectores que tus fingidas venturas y
malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de
nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes tu secreto.
Miguel de Unamuno. Niebla (1914).
