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| Paul Cezanne. Pareja en un jardín (1873). |
Hacía ya un año que Mattie Silver vivía bajo
su techo, y él tenía frecuentes ocasiones de verla desde primera hora de la
mañana hasta que se sentaban a cenar; pero ningún momento en su compañía era
comparable a aquellos en que volvían a la granja andando de noche y ella le
cogía del brazo y corría a paso ligero para seguir el ritmo de las largas
zancadas de él. (…)
Y, en los paseos nocturnos de vuelta a la
granja, era cuando sentía más intensamente la dulzura de esta comunión. Siempre
había sido más sensible al encanto de la belleza natural que la gente que le
rodeaba. Sus estudios inconclusos habían moldeado esa sensibilidad y, hasta en
los momentos de mayor desdicha, el campo y el hielo le hablaban con persuasión
profunda y convincente. Pero la emoción había sido hasta entonces como un dolor
silencioso que velaba de tristeza la belleza que evocaba. Ni siquiera sabía si
existía en el mundo otra persona que sintiera como él, o si él era la única
víctima de este triste privilegio. Y entonces descubrió que otro espíritu
temblaba con la misma sensación de asombro: que a su lado, viviendo bajo su
techo y comiendo su pan, había una criatura a quien podía decirle: <<La
de allá es Orión; aquella grande de la derecha, Aldebarán; y ese grupo de
estrellitas que parece un enjambre de abejas… son las Pléyades>>.
Edith Wharton. Ethan Frome (1911).