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domingo, 28 de julio de 2013

Stefan Zweig: amor de niña

Paul Cézanne. Muchacha (1873).
   Desde entonces, desde aquella hora, siempre te he amado. Sé muy bien que estás acostumbrado a que las mujeres te lo digan. Pero estoy segura de que ninguna te ha amado tan servilmente, con una fidelidad tan acusada, con tanta devoción, como yo te amé y te amo. Nada puede igualar el amor oculto de una niña. Es sumiso y sin esperanza, paciente y apasionado, algo que el amor de una mujer de verdad, llena de deseos y exigencias, nunca puede igualar. Nadie más que los niños abandonados son capaces de sentir una pasión semejante. Los otros pueden derramar sus sentimientos en la camaradería, disiparse en las charlas confidenciales. Han leído y oído mucho sobre el amor y saben que a todos llega. Se divierten con él como con un juguete, lo ostentan como el muchacho que fuma su primer cigarrillo. Pero yo nunca había tenido un confidente, no me habían enseñado ni aconsejado, carecía de experiencia y era confiada.


Stefan Zweig. Carta de una desconocida (1922).

martes, 28 de agosto de 2012

Edith Wharton: dos espíritus en comunión

Paul Cezanne. Pareja en un jardín (1873).

   Hacía ya un año que Mattie Silver vivía bajo su techo, y él tenía frecuentes ocasiones de verla desde primera hora de la mañana hasta que se sentaban a cenar; pero ningún momento en su compañía era comparable a aquellos en que volvían a la granja andando de noche y ella le cogía del brazo y corría a paso ligero para seguir el ritmo de las largas zancadas de él. (…)
   Y, en los paseos nocturnos de vuelta a la granja, era cuando sentía más intensamente la dulzura de esta comunión. Siempre había sido más sensible al encanto de la belleza natural que la gente que le rodeaba. Sus estudios inconclusos habían moldeado esa sensibilidad y, hasta en los momentos de mayor desdicha, el campo y el hielo le hablaban con persuasión profunda y convincente. Pero la emoción había sido hasta entonces como un dolor silencioso que velaba de tristeza la belleza que evocaba. Ni siquiera sabía si existía en el mundo otra persona que sintiera como él, o si él era la única víctima de este triste privilegio. Y entonces descubrió que otro espíritu temblaba con la misma sensación de asombro: que a su lado, viviendo bajo su techo y comiendo su pan, había una criatura a quien podía decirle: <<La de allá es Orión; aquella grande de la derecha, Aldebarán; y ese grupo de estrellitas que parece un enjambre de abejas… son las Pléyades>>.

Edith Wharton. Ethan Frome (1911).