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lunes, 7 de septiembre de 2015

Cervantes: salud neutral

El Greco. El caballero de la mano en el pecho (1578-1580).
   Sea muy bien venido el señor licenciado Vidriera. ¿Cómo ha ido en el camino? ¿Cómo va de salud?
   A lo cual respondió:
   Ningún camino hay malo, como se acabe, si no es el que va a la horca. De salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi celebro.


Miguel de Cervantes. El licenciado Vidriera (1613).

domingo, 28 de julio de 2013

Stefan Zweig: amor de niña

Paul Cézanne. Muchacha (1873).
   Desde entonces, desde aquella hora, siempre te he amado. Sé muy bien que estás acostumbrado a que las mujeres te lo digan. Pero estoy segura de que ninguna te ha amado tan servilmente, con una fidelidad tan acusada, con tanta devoción, como yo te amé y te amo. Nada puede igualar el amor oculto de una niña. Es sumiso y sin esperanza, paciente y apasionado, algo que el amor de una mujer de verdad, llena de deseos y exigencias, nunca puede igualar. Nadie más que los niños abandonados son capaces de sentir una pasión semejante. Los otros pueden derramar sus sentimientos en la camaradería, disiparse en las charlas confidenciales. Han leído y oído mucho sobre el amor y saben que a todos llega. Se divierten con él como con un juguete, lo ostentan como el muchacho que fuma su primer cigarrillo. Pero yo nunca había tenido un confidente, no me habían enseñado ni aconsejado, carecía de experiencia y era confiada.


Stefan Zweig. Carta de una desconocida (1922).

sábado, 25 de mayo de 2013

Stefan Zweig: el primer encuentro

Anders Zorn. Descuidado (1884).
   Pero recuerdo el día y la hora en que deliberadamente te entregué mi corazón. Había ido a dar un paseo con una compañera de colegio y estábamos charlando en la puerta. Llegó un coche. Te apeaste con esa manera impaciente y espontánea que nunca he cesado de admirar, y te disponías a entrar. No sé qué impulso me obligó a abrirte la puerta, y ponerme en tu camino, hecho este que por poco nos hace tropezar. Me miraste de un modo cordial, dulce y envolvente, que era casi una caricia. Me sonreíste tiernamente —sí, esa es la palabra, tiernamente— y dijiste afable, casi en tono confidencial:
   —Muchas gracias, señorita.
   Eso fue todo, amor mío. Pero desde ese momento, desde el momento en que me miraste con tanta ternura, te pertenecí. Más tarde, mucho más tarde, comprendí que ese era tu modo de mirar a todas las mujeres que se cruzaban en tu camino. Era una mirada acariciadora y resuelta: la mirada del seductor nato. Involuntariamente, mirabas de esa forma a todas las mujeres: la dependienta que te atendía, la camarera que te abría una puerta. No es que, conscientemente, desearas a todas aquellas mujeres; pero tu impulso hacia el otro sexo hacía que, sin proponértelo, tu mirada fuera ardiente y acariciadora siempre que se posaba sobre una mujer.

Stefan Zweig. Carta de una desconocida (1922).

sábado, 8 de diciembre de 2012

Chéjov: el amor como una necesidad baja

Vasili Tropinin. Retrato de A. I. Baryshnikov (1829).

   —Pero ella no se ha venido contigo a la fuerza —objetó Pekarski a Orlov—. Tú mismo lo has querido.
   —¡Vamos, hombre! No solo no lo he querido, sino que ni siquiera imaginaba que esto pudiera suceder alguna vez. Siempre que ella me hablaba de venirse a vivir conmigo, yo lo tomaba como una broma más o menos graciosa.
    Todos rompieron a reír.
   —Yo no podía quererlo —prosiguió Orlov, como si le obligasen a justificar sus actos—. No soy un personaje de Turguéniev, y si alguna vez se me ocurre ir a liberar Bulgaria no necesitaré mujeres para ello. Considero el amor, ante todo, como una necesidad de mi organismo, necesidad baja y contraria a mi espíritu. Hay que satisfacer esa necesidad con juicio o bien renunciar totalmente a ella, pues de lo contrario introducirá en tu vida elementos tan impuros como ella misma. Para que constituya un placer y no un tormento, procuro hacerla bella y adornarla con un sinnúmero de ilusiones. Nunca voy con una mujer sin estar seguro de que es guapa y atractiva y sin hallarme de humor para ello. Solo en tales condiciones logramos engañarnos el uno al otro y creer que nos amamos y que somos felices. ¿Puedo, acaso, desear cacerolas de cobre, o una melena greñuda, o que alguien me vea desaseado o de mal humor? Zinaída Fiódorovna, en su inefable sencillez, quiere hacerme amar lo que he odiado y rehuido toda mi vida. Quiere que mi vivienda huela a cocina y a platos; ansía mudarse de casa ruidosamente, pasearse en coche propio, contar mis prendas interiores, cuidar de mi salud, entrometerse a cada instante en mi vida privada y seguir cada uno de mis pasos, asegurando, al mismo tiempo, con toda sinceridad, que sigo conservando mi libertad y mis costumbres. Está convencida de que pronto realizaremos, como dos recién casados, un viaje; es decir, quiere hallarse siempre conmigo, en el tren o en el hotel; pero a mí, cuando voy de viaje, me agrada leer y no puedo sufrir la conversación de nadie.

Antón Chéjov. Relato de un desconocido (1893).

viernes, 31 de agosto de 2012

Christina Rossetti: una decepción reservada

Frederick Frary Fursman. En el jardín (1909).
   Es fácil ridiculizar a una mujer de casi treinta años por creerse amada sin que se le haya dicho una palabra y por sufrir después una gran decepción; sin embargo, Lucy Charlmont no era una persona digna de desprecio. Aunque durante un tiempo había vivido engañada, jamás había permitido que el señor Hartley percibiera el menor atisbo de sus falsas esperanzas; y, si bien ahora se sentía decepcionada, luchaba  con valor para no revelar su pena. Sola en su habitación, podía sufrir de manera intensa y visible, pero en cuanto alguien la miraba se mantenía firme. Algunas veces tenía la sensación de que, de un momento a otro, sus nervios cederían a la tensión; pero ese momento no llegó nunca y resistió. Pero ¿quién es lo bastante fuerte para aguantar día tras día una tensión extrema y no mostrar el menor indicio?

Christina Rossetti. Lugares comunes (1870).

miércoles, 8 de agosto de 2012

George Eliot: un temperamento poético confundido

Arthur Hughes. La despedida de Aurora Leigh de Romney (1845).

Aquella noche, Bertha se presentó elegantemente vestida y luciendo de manera conspicua todos los regalos recibidos a excepción del mío. Miré con avidez sus dedos, pero no vi ningún ópalo. No tuve la ocasión de comentárselo durante la velada, pero, al día siguiente, cuando la encontré sentada junto a la ventana, después del desayuno, y pude hablar con ella a solas, le dije:
  —No has querido ponerte mi pobre ópalo. Tendría que haber recordado que desprecias los temperamentos poéticos, y debería haberte regalado un coral o una turquesa, o alguna otra piedra opaca e insensible.
   —¿Te parece que lo desprecio? —me respondió, asiendo una delicada cadena de oro que siempre llevaba en torno al cuello y extrayéndola del interior del pecho con mi sortija colgando de ella—. Te aseguro que me lastima un poco —añadió, con su habitual sonrisa ambigua— llevarlo aquí escondido, pero dado que tu naturaleza poética es tan estúpida que prefiere una posición más pública, no soportaré esa molestia ni un momento más.
   Acto seguido procedió a retirar la sortija de la cadena y a ponérsela en el dedo, sin dejar de sonreír, mientras la sangre acudía a mis mejillas; pero me faltó la confianza para suplicarle que conservara el anillo donde antes lo llevaba.

George Eliot. El velo alzado (1859).

domingo, 5 de agosto de 2012

Sabato: el tormento de los celos

Remedios Varo. Abut.

DESPUÉS de este inmenso tiempo de mares y túneles, bajaron por la escalinata. Cuando los vi del brazo, sentí que mi corazón se hacía duro y frío como un pedazo de hielo.
   Bajaron lentamente, como quienes no tienen ningún apuro. «¿Apuro de qué?», pensé con amargura. Y sin embargo, ella sabía que yo la necesitaba, que esa tarde la había esperado, que habría sufrido horriblemente cada uno de los minutos de inútil espera. Y sin embargo, ella sabía que en ese mismo momento en que gozaba en calma yo estaría atormentado en un minucioso infierno de razonamientos, de imaginaciones. ¡Qué implacable, qué fría, qué inmunda bestia puede haber agazapada en el corazón de la mujer más frágil! Ella podía mirar el cielo tormentoso como lo hacía en ese momento y caminar del brazo de él (¡del brazo de ese grotesco individuo!), caminar lentamente del brazo de él por el parque, aspirar sensualmente el olor de las flores, sentarse a su lado sobre la hierba; y no obstante, sabiendo que en ese mismo instante yo, que la habría esperado en vano, que ya habría hablado a su casa y sabido de su viaje a la estancia, estaría en un desierto negro, atormentado por infinitos gusanos hambrientos, devorando anónimamente cada una de mis vísceras.
   ¡Y hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De qué podría hablar María con ese infecto personaje? ¿Y en qué lenguaje?
   ¿O sería yo el monstruo ridículo? ¿Y no se estarían riendo de mí en ese instante? ¿Y no sería yo el imbécil, el ridículo hombre del túnel y de los mensajes secretos?

Ernesto Sabato. El túnel (1948).

martes, 27 de marzo de 2012

Yasushi Inoué: amar o ser amada


¡Amar, ser amada! Nuestros actos son patéticos. Por la época en que estudiaba segundo o tercero en el colegio de niñas, nos preguntaron en un examen de gramática inglesa la voz activa y pasiva de los verbos. Golpear, ser golpeado; ver, ser visto. Entre muchos ejemplos de esta índole, brillaba esta pareja de palabras: amar, ser amado. Mientras cada alumna examinaba las preguntas meditando con atención y chupando la punta del lápiz, una de ellas, no sin malicia, hizo circular un trozo de papel, y la chica que estaba detrás de mí me lo pasó. Cuando lo tuve ante los ojos me topé con la siguiente pregunta: “¿Deseas amar? ¿Deseas ser amada?”. Y bajo las palabras “deseas ser amada” aparecían numerosos círculos trazados con tinta, con lápiz azul o rojo. En cambio, bajo las palabras “deseas amar” no figuraba ningún signo. No me erigí en excepción, y añadí un círculo debajo de “deseas ser amada”. Aun a os dieciséis o diecisiete años, pese a no saber en qué consiste “amar” o “ser amada”, las mujeres parecemos conocer ya por instinto la dicha de ser amadas.

Yasushi Inoué. La escopeta de caza (1949).

jueves, 2 de febrero de 2012

Sabato: Castel y los gritos anónimos

Adaptación cinematográfica de El túnel (1987).
Me callé un momento y pensé, tratando de ver claro. Después agregué:
—Podría decirse que toda mi obra anterior es más superficial.
—¿Qué obra anterior?
—La anterior a la ventana.
Me concentré nuevamente y luego dije:
—No, no es eso exactamente, no es eso. No es que fuera más superficial.
¿Qué era, verdaderamente? Nunca, hasta ese momento, me había puesto a pensar en este problema; ahora me daba cuenta hasta qué punto había pintado la escena de la ventana como un sonámbulo.
—No, no es que fuera más superficial —agregué, como hablando para mí mismo—. No sé, todo esto tiene algo que ver con la humanidad en general, ¿comprende? Recuerdo que días antes de pintarla había leído que en un campo de concentración alguien pidió de comer y lo obligaron a comerse una rata viva. A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.
¿Sería eso, verdaderamente? Me quedé reflexionando en esa idea de falta de sentido. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?

Ernesto Sabato. El túnel (1948).

jueves, 26 de enero de 2012

Tolstoi: la propia vida para un moribundo


La boda... la súbita desilusión, el olor de la boca de su mujer, la sensualidad, el fingimiento. Y este trabajo muerto, y estas preocupaciones por el dinero, y así un año, y dos, y diez, y veinte, y siempre lo mismo. Y, conforme el tiempo avanzaba, más muerto era todo.
"Me deslizaba cuesta abajo y me imaginaba que iba cuesta arriba. Así fue. En la medida en que, en opinión de la gente, iba en ascenso, la vida se escapaba bajo mis pies... Y ahora estoy listo, ¡puedo morirme!"


León Tolstoi. La muerte de Iván Ilich (1886).