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| Remedios Varo. Abut. |
DESPUÉS de este inmenso tiempo
de mares y túneles, bajaron por la escalinata. Cuando los vi del brazo, sentí
que mi corazón se hacía duro y frío como un pedazo de hielo.
Bajaron lentamente, como quienes no tienen
ningún apuro. «¿Apuro de qué?», pensé con amargura. Y sin
embargo, ella sabía que yo la necesitaba, que esa tarde la había esperado, que
habría sufrido horriblemente cada uno de los minutos de inútil espera. Y sin
embargo, ella sabía que en ese mismo
momento en que gozaba en calma yo estaría atormentado en un minucioso infierno
de razonamientos, de imaginaciones. ¡Qué implacable, qué fría, qué inmunda
bestia puede haber agazapada en el corazón de la mujer más frágil! Ella podía
mirar el cielo tormentoso como lo hacía en ese momento y caminar del brazo de
él (¡del brazo de ese grotesco individuo!), caminar lentamente del brazo de él
por el parque, aspirar sensualmente el olor de las flores, sentarse a su lado
sobre la hierba; y no obstante, sabiendo que en ese mismo instante yo, que la
habría esperado en vano, que ya habría hablado a su casa y sabido de su viaje a
la estancia, estaría en un desierto negro, atormentado por infinitos gusanos
hambrientos, devorando anónimamente cada una de mis vísceras.
¡Y hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De
qué podría hablar María con ese infecto personaje? ¿Y en qué lenguaje?
¿O sería yo el monstruo ridículo? ¿Y no se
estarían riendo de mí en ese instante? ¿Y no sería yo el imbécil, el ridículo
hombre del túnel y de los mensajes secretos?
Ernesto Sabato. El túnel
(1948).

