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lunes, 27 de abril de 2015

Nietzsche: el retrato y el retratado

Vincent van Gogh. Autorretrato (1887).
Desconfiar de quien ha pintado.—Un gran pintor, que ha revelado y plasmado en un retrato la expresión más acabada, el momento más completo del que es capaz un hombre, cuando luego vuelve a ver a ese hombre en la vida real, tendrá siempre la impresión de estar contemplando una caricatura.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

jueves, 19 de febrero de 2015

Nietzsche: la enseñanza de la máquina

Martiros Saryan. Mountainous march of armenian units (1933).

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   La enseñanza de la máquina.—La máquina constituye un ejemplo del engranaje de las multitudes humanas, en las que los actos de cada individuo no cumplen más que una determinada función. Representa el modelo de organización de los partidos y de la táctica militar en caso de guerra, mientras que, por el contrario, no dice nada de la soberanía del individuo. Convierte a la multitud en una gran máquina y a cada individuo en un instrumento utilizable para un único fin. Su efecto más general es mostrar la utilidad de la centralización.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

jueves, 31 de octubre de 2013

Nietzsche: la máquina

Remedios Varo. Bordando el manto terrestre (1961).
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Cómo humilla la máquina.—La máquina es impersonal, arrebata al trabajo ese orgullo, esas cualidades y esos defectos individuales que caracterizan a todo trabajo no mecanizado. Se le quita, en suma, al trabajo una parte de humanidad. Antiguamente, comprar a un artesano era concede una distinción a una persona, con cuyas marcas nos rodeábamos; de este modo, los objetos de uso diario y las prendas de vestir se convertían en una especie de símbolo de estimación mutua y de homogeneidad personal, mientras que hoy parece que vivimos solo en medio de una esclavitud anónima e impersonal. No hay que pagar demasiado caras las facilidades del trabajo.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

Nietzsche: cloacas del alma

Edith Vonnegut. Sacando la basura.


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Cloacas del alma.—El alma debe disponer también de cloacas donde verter sus basuras. Para este fin, pueden servir muchas cosas; personas, relaciones, clases sociales, tal vez la patria e incluso el mundo, y, por último, para los más orgullosos (es decir, para nuestros buenos «pesimistas» modernos), el buen Dios.

Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

miércoles, 30 de octubre de 2013

Nietzsche: vergüenza por las distinciones

Lawrence Alma-Tadema. Tímida.

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Vergüenza habitual.—¿Por qué nos avergonzamos cuando nos conceden un favor o una distinción a los que, como suele decirse, «no somos merecedores»? Nos parece entonces que se nos sitúa en un terreno que no es el nuestro, del que deberíamos estar excluidos, algo así como en un lugar santo o santísimo, que nuestro paso no debe franquear. Por una equivocación de otros, hemos entrado en él y ahora estamos subyugados por el miedo o la veneración, y no sabemos si debemos huir o gozar del momento bendito y de la gracia que se nos ha hecho. En todo sentimiento de vergüenza hay un misterio que hemos profanado o que estamos en peligro de profanar: toda gracia produce vergüenza. Pero si consideramos que, en general, nunca hemos «merecido» nada, en el caso de que nos abandonáramos a esta idea perteneciente a las concepciones cristianas, el sentimiento de vergüenza se volvería habitual, porque entonces parecería que Dios  bendice y ejerce su gracia incesantemente. Ahora bien, abstracción hecha de esta interpretación cristiana, este estado de vergüenza habitual podría seguir dándose en el caso del sabio, totalmente impío, que sostiene la irresponsabilidad absoluta y la falta completa de mérito en toda acción y en toda organización: si se le trata como si hubiera merecido tal o cual cosa, le parece que  ha sido introducido en un orden superior de seres que por lo general merecen algo, que son libres y verdaderamente capaces de soportar la responsabilidad de su voluntad y de su poder. Quien dice a este sabio: «Lo has merecido», parece estar apostrofándole: «Tú no eres un hombre, sino un dios.»


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

sábado, 26 de octubre de 2013

Nietzsche: una promesa

Rembrandt. Erudito en su estudio (1634).
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Promesa solemne.—Prometo no leer más a autores que dejen entrever su intención de escribir un libro; en lo sucesivo leeré solo a aquellos cuyas ideas forman impensadamente un libro.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

domingo, 20 de octubre de 2013

Nietzsche: camino de la igualdad

Luc Tuymans. La caminata (1993).
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   Camino de la igualdad.—Una hora escalando un monte convierte a un ruin y a un santo en dos criaturas muy similares. El cansancio es el camino más corto hacia la igualdad y la fraternidad, y durante el sueño termina añadiéndose a ambas la libertad.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

viernes, 18 de octubre de 2013

Nietzsche: el extrañamiento de la noche

Gerrit Dou. El astrónomo (1650-1655).
   Por la noche.—Desde que anochece, se transforma la visión que tenemos de los objetos familiares. Por un lado, parece que el viento atraviesa caminos prohibidos murmurando como si buscase algo y se enfadase al no encontrarlo. Por otro lado, el resplandor de las lámparas, con sus confusos rayos rojizos, su tenue claridad, lucha pesadamente con la noche, esclava impaciente del hombre que vela. La respiración del que duerme, su ritmo inquietante, sobre el que una inquietud siempre renaciente parece entonar una melodía. Nosotros no la oímos, pero cuando se eleva el pecho del que duerme, sentimos el corazón oprimido, y cuando la respiración disminuye, casi expirando en su silencio de muerte, pensamos: «¡Descansa un poco, pobre espíritu atormentado!» Deseamos a todo viviente, por el hecho de vivir en esa opresión, un descanso eterno; la noche invita a la muerte. Si los hombres prescindieran del sol y libraran el combate contra la noche a la luz de la luna o a la de una lámpara de aceite, ¡qué filosofía les envolvería con su manto! Bastante sabemos ya de lo sombría que ha vuelto la vida esa mezcla de tinieblas y de falta de sol que es la actividad intelectual y moral del hombre.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

lunes, 31 de diciembre de 2012

Nietzsche: un elogio equivocado

Hans Holbein el Joven. Letrero de un maestro de escuela (1516).

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   Error de los que veneran.—Creemos honrar y agradar a un pensador cuando le decimos que pensamos exactamente como él e incluso de la misma forma que él; y, sin embargo, es muy raro que al pensador le satisfaga semejante declaración; por el contrario, lo más posible es que empiece a desconfiar de su pensamiento y de cómo lo expresa, y que decida revisarlos. Cuando queramos honrar a alguien, hemos de evitar expresarle nuestra conformidad, ya que ésta nos pone a su mismo nivel. En muchas ocasiones es cuestión de habilidad mundana escuchar una opinión como si no fuese la nuestra y como si rebasase nuestro horizonte mental: por ejemplo, cuando un anciano lleno de experiencia abre, como una excepción, ante nosotros el cofre de su sabiduría.

Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

domingo, 9 de diciembre de 2012

Nietzsche: las mentiras de los hombres buenos


Rembrandt. El joven Rembrandt como Demócrito, el filósofo sonriente (1629).
Voy a tener una gran ocasión para demostrar los efectos tan desmesuradamente nefastos del optimismo, este engendro de los homines optimi en la historia entera. Zaratustra, el primero que comprendió que el optimista es igual de décadent que el pesimista, y quizá más perjudicial, dice: los hombres buenos no dicen nunca la verdad. Los buenos os han enseñado falsas orillas y seguridades; entre mentiras de los buenos habéis nacido y habéis sido cobijados. Todo, hasta el fondo, está falseado y deformado por los buenos.
Afortunadamente, el mundo no está construido sobre instintos en los que, de hecho, el simple bonachón animal de rebaño encuentre su estrecha felicidad; exigir que todo se convierta en “buen hombre”, animal de rebaño, de ojos azules, benévolo, “alma bella” —o como desea el señor Herbert Spencer, altruista—, significaría extirpar al existir su carácter grandioso, significaría castrar a la humanidad y reducirla a una miserable chinería. ¡Y esto se ha intentado!... Justo a esto se ha llamado moral… En este sentido, Zaratustra a veces denominaba a los buenos “los últimos hombres”, a veces el “principio del fin”; sobre todo los considera como la clase de hombre más perjudicial, porque establecen su existencia tanto a costa de la verdad como a costa del futuro.

Friedrich Nietzsche. Ecce Homo (1888).

viernes, 16 de noviembre de 2012

Nietzsche: los medio ciegos y los escritores

Víctor Brauner. Autorretrato con un ojo arrancado (1931).

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   Los medio ciegos.—El medio ciego es el enemigo nato de todos los escritores que se van por las ramas. ¡Con qué ira cierra un libro al ver que el autor necesita cincuenta páginas para exponer cinco ideas! Le enfurece haber puesto en peligro lo que le queda de visión, sin compensación apenas. Un medio ciego dijo un día: “Todos los escritores son farragosos”. —“¿El Espíritu Santo también?” —“También el Espíritu Santo: pero tenía derecho a ello, porque escribía para quienes están completamente ciegos”.

Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

domingo, 14 de octubre de 2012

Nietzsche: la luz y la noche

José Cuneo. Luna y azotea.

  Es de noche: hablan ahora más fuertes todos los manantiales saltarines. Y mi alma también es un manantial saltarín.
   Es de noche: despiertan ahora por vez primera todas las canciones de los amantes. Y mi alma también es la canción de un amante.
   Algo insaciado, insaciable, hay en mí que quiere hacerse sonoro. Un deseo de amor hay en mí que también habla el lenguaje del amor.
   Yo soy la luz: ¡ojalá fuera noche! Pero ésta es mi soledad, estar rodeado de luz.
   ¡Ojalá fuera sombrío y nocturno! ¡Cómo habría de sorber en los pechos de la luz!
   ¡E incluso a vosotros quiero aún bendeciros, a vosotros pequeñas estrellas centelleantes y gusanos luminosos de ahí arriba! —y ser dichoso, por supuesto, por vuestros regalos de luz.

Friedrich Nietzsche. La canción de la noche en Así habló Zaratustra (1883-1885).