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| Rembrandt. El joven Rembrandt como Demócrito, el filósofo sonriente (1629). |
Voy a tener una gran ocasión
para demostrar los efectos tan desmesuradamente nefastos del optimismo, este engendro de los homines optimi en la historia entera.
Zaratustra, el primero que comprendió que el optimista es igual de décadent que el pesimista, y quizá más
perjudicial, dice: los hombres buenos no
dicen nunca la verdad. Los buenos os han enseñado falsas orillas y seguridades;
entre mentiras de los buenos habéis nacido y habéis sido cobijados. Todo, hasta
el fondo, está falseado y deformado por los buenos.
Afortunadamente, el mundo no
está construido sobre instintos en los que, de hecho, el simple bonachón animal
de rebaño encuentre su estrecha felicidad; exigir que todo se convierta en “buen
hombre”, animal de rebaño, de ojos azules, benévolo, “alma bella” —o como desea
el señor Herbert Spencer, altruista—, significaría extirpar al existir su
carácter grandioso, significaría castrar
a la humanidad y reducirla a una miserable chinería. ¡Y esto se ha intentado!... Justo a esto se ha llamado moral… En
este sentido, Zaratustra a veces denominaba a los buenos “los últimos hombres”,
a veces el “principio del fin”; sobre todo los considera como la clase de hombre más perjudicial, porque
establecen su existencia tanto a costa de la verdad como a costa del futuro.
Friedrich Nietzsche. Ecce Homo
(1888).