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jueves, 30 de mayo de 2013

Flaubert: la sencillez de Felicidad

Dante Gabriel Rossetti. Beata Beatrix (1864-1870).
   El cura empezó por resumir la historia sagrada. Felicidad creía estar viendo el paraíso, el Diluvio, la torre de Babel, las ciudades envueltas en llamas, pueblos que morían, ídolos derribados. Y de este deslumbramiento conservó el respeto al Altísimo y el temor a su cólera. Después lloró escuchando la Pasión. ¿Por qué le habían crucificado, a Él que amaba a los niños, alimentaba a las multitudes, curaba a los ciegos y había querido, por bondad, nacer en medio de los pobres, sobre el estiércol de un establo? En su vida se encontraban las sementeras, las cosechas, los lagares, todas esas cosas familiares de que habla el Evangelio; el paso de Dios las había santificado; y amó más tiernamente a los corderos por amor del Cordero, a las palomas por el Espíritu Santo.
(…)
   En cuanto a los dogmas, no entendía nada, ni siquiera intentó entender. El cura hablaba, los niños recitaban, Felicidad acababa por dormirse; y se despertaba de pronto, cuando los niños se iban repiqueteando con los zuecos sobre las losas.


Gustave Flaubert. Un corazón sencillo (1877).

sábado, 11 de agosto de 2012

Chéjov: una confesión en la despedida

Dante Gabriel Rossetti. Los amantes (1853).

    >>Fuimos toda una multitud a despedir a Anna Alekséyevna. Cuando ya se había despedido de su esposo y los hijos, y le faltaba solo un instante para la tercera señal, entré yo en el compartimiento para llevarle una cesta que casi olvida. Y, bueno, había que decirse adiós. Cuando allí, en el compartimiento, se encontraron nuestras miradas, la fuerza que agarrotaba nuestros sentimientos nos abandonó. Yo la abracé, ella apretó su rostro contra mi pecho y de sus ojos corrieron lágrimas.
   >>¡Qué desgraciados éramos los dos! Sin dejar de besar su cara, sus hombros, sus manos bañados en lágrimas, le confesé mi amor, y entonces, con un dolor candente en mi corazón, comprendí qué inútil, qué mezquino y falso había sido todo lo que entorpecía nuestro amor. Comprendí que cuando uno ama y piensa en ese amor, tiene que partir de algo más elevado, más importante que la felicidad o la desgracia, más importante que el pecado y la virtud en su sentido más vulgar; o, mejor, que no hay que pensar en absoluto.
   >>La besé por última vez, le estreché la mano y nos despedimos para siempre. El tren ya estaba en marcha: me senté en el compartimiento de al lado —estaba vacío—, y hasta la siguiente estación me quedé ahí llorando. Después fui a Sófino a pie…

Antón Chéjov. Del amor (1898).

lunes, 16 de julio de 2012

Kafka: insalvables dificultades


Dante Gabriel Rossetti. Escribiendo en la arena (1859).

   —¿Sabes adónde voy? —preguntó K.
   —Sí —respondió Frieda.
   —¿Y no me retienes? —preguntó K.
   —Encontrarás tantos obstáculos —respondió—. Para qué retenerte.
   Abrazó a K. para despedirse, le dio un bocadillo que había traído de abajo para reemplazar el almuerzo, le recordó que no debía volver al albergue, sino a la escuela, y le acompañó, con la mano por el hombro, hasta el umbral de la casa.

Franz Kafka. El castillo (1926).