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lunes, 7 de marzo de 2016

Dostoyevski: lo que se exige de la gente

Adriaen Brouwer. Peasants Quarrelling in an Interior (1630).
Oh, a nosotros nos complace vivir entre nuestros semejantes y comunicarles y comunicarles en seguida todos nuestros pensamientos, hasta las ideas más infernales y peligrosas; nos complace explicarnos con la gente, y, sin que se sepa por qué motivo, exigimos en seguida, al instante, que esa gente nos responda con una simpatía absoluta, se interese por nuestras preocupaciones e inquietudes, nos diga a todo que sí y no ponga obstáculos a nuestras inclinaciones. De lo contrario nos encolerizamos y ponemos patas arriba la taberna entera.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro duodécimo (1880).

martes, 1 de marzo de 2016

Dostoyevski: jóvenes suicidas

Henry Wallis. The Death of Chatterton (1856).
Observen, señores, observen cuántos jóvenes se suicidan en nuestro país: oh, sin que se pregunten en lo más mínimo, como Hamlet: “¿Qué habrá, allá?”, sin sombra siquiera de tales problemas, como si el capítulo sobre nuestra alma y sobre cuanto nos espera más allá de la tumba estuviera liquidado hace tiempo de su naturaleza, enterrado y cubierto de arena.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro duodécimo (1880). 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Dostoyevski: el hombre en la tierra

Henri Martin. El poeta.
   Unos sollozos brotaron súbitamente del pecho de Mitia, que tomó a Aliosha de la mano:
   —Amigo, amigo, en humillación, también ahora en humillación. ¡Es espantoso lo que ha de sufrir el hombre en la tierra!, ¡son muchas, terriblemente muchas, sus calamidades! No creas que soy tan solo un bribón con grado de oficial, dedicado a beber coñac y entregado al libertinaje. Hermano, casi no pienso en otra cosa que en esto, en ese hombre humillado, si no miento. Quiera Dios que no mienta yo ahora ni me alabe. Pienso precisamente en ese hombre porque yo mismo soy un hombre así.

                        Para que de la abyección del alma
                        pueda el hombre elevarse,
                        que pacte por la eternidad
                        con la antigua madre tierra.

   »Pero ahí está la dificultad: ¿cómo pacto con la tierra por la eternidad? Yo no beso la tierra, no le abro el pecho; ¿he de hacerme, acaso, mujik o pastorcillo? Camino y no sé si he caído en la hediondez y en la vergüenza o en la luz y en la alegría. ¡En eso está la desdicha, pues todo en el mundo es enigma!


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro tercero (1880).

lunes, 30 de noviembre de 2015

Dostoyevski: ser buenos y magníficos

William Blake. Job accepting charity (1825).
Oh, también nosotros solemos ser buenos y magníficos, pero solo cuando es buena y magnífica nuestra situación. Es más, nos sentimos incluso arrebatados —precisamente arrebatados— por ideales nobilísimos, pero a condición de que se alcancen por sí mismos, de que nos caigan del cielo sobre la mesa y, sobre todo, que no nos cuesten nada, nada, que nada haya que pagar por ellos. Pagar no nos gusta en absoluto; en cambio nos gusta mucho recibir, y eso en todo. Dennos, oh, dennos todos los bienes posibles de la vida (digo todos los posibles, con menos no nos contentamos) y, sobre todo, no obstaculicen en nada nuestra inclinación; entonces también nosotros demostraremos que podemos ser buenos y magníficos.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro duodécimo (1880).

martes, 13 de octubre de 2015

Dostoyevski: la armonía suprema

Mijaíl Nésterov. Retrato de Pavel Korin (1925).
Mientras me queda tiempo, procuro proteger mi posición y por esto renuncio por completo a la armonía suprema, que no vale las lágrimas ni de aquella sola niña atormentada que se daba golpes en el pecho con sus manitas, ¡y en su maloliente encierro rogaba al «Dios de los niños» con sus lágrimas imperdonables! Estas lágrimas no han sido expiadas. Han de serlo; de lo contrario, no puede haber armonía. Pero ¿cómo quieres expiarlas? ¿Acaso es posible? ¿Acaso por el castigo futuro? ¿Pero de qué me sirve el castigo, de qué me sirve el infierno para los verdugos, qué puede rectificar el infierno, cuando aquellos han sido ya torturados? Y qué armonía puede haber si existe el infierno: lo que quiero yo es perdonar, abrazar, y no que se sufra más. Y si los sufrimientos de los niños han ido a completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que la verdad entera no vale semejante precio.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro quinto (1880).

miércoles, 7 de octubre de 2015

Dostoyevski: un buen recuerdo

Mijaíl Nésterov. La visión del joven Bartolomé (1890).
Sepan, pues, que nada hay más alto ni más fuerte ni más sano ni más útil en nuestra vida que un buen recuerdo, sobre todo si lo tenemos de la infancia, del hogar paterno. A ustedes se les habla mucho de su educación; pues bien, un recuerdo de esta naturaleza, magnífico, sacrosanto, conservado desde la infancia, quizá sea la mejor educación. El que ha acumulado recuerdos de esta naturaleza, es hombre salvado para toda la vida. E incluso si no quedara más que un solo recuerdo bueno en nuestro corazón, puede que algún día ese recuerdo nos salve. Es posible que más tarde nos volvamos malos, que ni siquiera tengamos fuerzas para resistir la tentación de cometer un actor vil, que nos riamos de las lágrimas humanas y que de las gentes que digan, como ha exclamado hace unos momentos Kolia: «Quiero sufrir por todas las personas», de estas gentes nos burlaremos sin piedad. Pero, por malos que nos volvamos, y Dios no lo quiera, cuando recordemos cómo hemos enterrado a Iliusha, cómo le hemos querido estos últimos días y cómo hemos hablado ahora frente a esta piedra, tan unidos y juntos, ¡ni el más cruel de nosotros y más mordaz, si es que nos volvemos así, se atreverá en el fondo de su alma a burlarse de haber sido tan bueno y sensible en este momento de ahora! Es más, quizá precisamente este recuerdo le retenga y le prive de cometer  una acción nefasta, le haga recapacitar y decirse: «Sí, entonces yo era bueno, valiente y honrado».


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, epílogo (1880).

lunes, 5 de octubre de 2015

Dostoyevski: la pena de muerte

Anton van Dyck. Profile study of a bearded old man.
   —Sí, claro; las instituciones judiciales... ¿Y qué? ¿Es mejor la justicia extranjera que la nuestra?
   —No lo sé. He oído decir muchas veces que la nuestra es buena. Entre nosotros, por ejemplo, la pena de muerte no existe.
   —¿Y en el extranjero sí?
   —Sí. Yo he visto una ejecución en Lyón, en Francia. El doctor Schneider me llevó a presenciarla.
   —¿Cómo hacen? ¿Ahorcan a los delincuentes?
   —No. En Francia les cortan la cabeza.
   —¿Y gritan?
   —¿Cómo van a gritar? Es cosa de un instante. Se coloca al hombre sobre una plancha y en seguida cae la cuchilla, movida por una potente máquina llamada guillotina. La cabeza queda cortada antes de tener tiempo de parpadear. Los preparativos son horrorosos. Sí; lo más terrible es cuando leen la sentencia al condenado, cuando le visten, cuando le maniatan, cuando le conducen al cadalso... Acude una multitud a verlo, incluso mujeres, aunque allí se opina que las mujeres no deben ver una ejecución.
   —¡Como que no es cosa para ellas!
   —Desde luego que no... Recuerdo que el criminal era un hombre inteligente, maduro, fuerte y resuelto, llamado Legros. Pero le aseguro a usted, aunque no me crea, que cuando subió al cadalso iba llorando y blanco como el papel. ¿No le parece increíble y tremendo? ¿Cómo cabe que haya quien llore de miedo? Yo no creía que el terror pudiese arrancar lágrimas a un adulto, a un hombre de cuarenta y cinco años que no había llorado jamás. ¿Qué pasa, pues, en el alma en este momento? ¿Qué terrores la dominan?


Fiódor Dostoyevski. El idiota (1869).

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Dostoyevski: ¿es libre un hombre semejante?

Lucian Freud. Portrait of Christian Berard (1948).
Afirman que el mundo, cuanto más avanza, tanto más se une, que va constituyendo una comunidad fraterna a medida que se van acortando las distancias y se van transmitiendo los pensamientos por el aire. ¡Ay! No creáis en semejante unión de los hombres. Entendiendo la libertad como un aumento y una pronta satisfacción de las necesidades, deforman su propia naturaleza, pues engendran en sí mismos muchos deseos carentes de sentido y estúpidos, costumbres y quimeras insensatas. Viven sólo para envidiarse unos a otros, para la satisfacción carnal y la presunción. Dar banquetes, viajar, tener coches, dignidades y servidores esclavos se considera ya tal necesidad a la que se sacrifica hasta la vida, el honor y el amor al prójimo, y hasta se matan si no pueden satisfacerla. En aquellos que son menos ricos, observamos lo mismo, mientras que entre los pobres por ahora la insatisfacción de las necesidades y la envidia se ahogan con la borrachera. Pronto, sin embargo, se emborracharán con sangre en vez de vino, a eso los conducen. Yo os pregunto: ¿es libre un hombre semejante? Conocí a un «luchador por la idea», quien me contó que en la cárcel, cuando le privaron de tabaco, sufrió tanto a causa de dicha privación, que, a cambio de tabaco, por poco traiciona su «idea». Y un hombre así dice: «Voy a luchar por la humanidad». Bueno, ¿adónde irá ese hombre y de qué es capaz? Quizá de una acción rápida, pero no resistirá mucho tiempo. No es de extrañar que en vez de encontrar la libertad hayan hallado la esclavitud, y en vez de servir a la fraternidad y a la unión de los hombres hayan caído, por el contrario, en la desunión y la soledad, como me dijo en mi juventud el que fue mi visitante misterioso y mi maestro.  


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro sexto (1880).

martes, 22 de septiembre de 2015

Dostoyevski: la viciada libertad

Lucian Freud. Girl in a Dark Dress (1951).
El mundo ha proclamado la libertad, sobre todo en estos últimos tiempos, ¿y qué vemos en esta libertad suya? ¡Nada más que la esclavitud y el suicidio! El mundo dice: «Tienes necesidades; dales, pues, satisfacción, tienes los mismos derechos que las personas más nobles y ricas. No temas darles satisfacción, al contrario, hazlas aún mayores», tal es la doctrina actual del mundo. En eso ven la libertad. ¿Y qué resulta de este derecho a aumentar las necesidades? Por parte de los ricos, la soledad y el suicidio espiritual; por parte de los pobres, la envidia y el asesinato, pues el derecho de satisfacer las necesidades se lo han dado, mas sin indicarle todavía con qué medios.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro sexto (1880).

viernes, 31 de julio de 2015

Dostoyevski: el futuro de Aliosha

Mijaíl Nésterov. Los trabajos de san Sergio (1896)
He aquí lo que de ti pienso: saldrás fuera de estas paredes y vivirás en el mundo como un monje. Tendrás muchos adversarios, pero incluso tus enemigos te amarán. Sufrirás muchas desgracias, pero con ellas, precisamente, serás feliz y bendecirás la vida, y harás que otros la bendigan, que es lo más importante. Así eres tú.

Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro sexto (1880).

Dostoyevski: el argumento de un bebedor

Peder Severin Kroyer. Interior of a Tavern (1886).
Al día siguiente bebí, pecador que soy, de pena, y casi no recuerdo nada. La mamita también se puso a llorar (yo la quiero mucho), y, de pena, me bebí el dinero que me quedaba. No me desprecie, señor: en Rusia, la gente que se emborracha es la que tiene mejores sentimientos. La gente más buena, en nuestro país, es la que más se emborracha.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro cuarto (1880).

jueves, 30 de julio de 2015

Dostoyevski: un sueño compartido

Giovanni Domenico Tiepolo. The Declaration of Love (1757).
    —Yo he tenido también a veces el mismo sueño —soltó Aliosha de repente.
   —¿Es posible? —gritó Lisa, sorprendida—. Escuche, Aliosha, no se ría, esto es terriblemente importante: ¿acaso es posible que dos personas distintas tengan el mismo sueño?
   —Cierto, es posible.
   —Aliosha, le digo que esto es muy importante —prosiguió Lisa con una sorpresa ya excesiva—. No es el sueño en sí lo importante, sino que usted haya tenido el mismo sueño que yo. Usted no miente nunca, no me mientatampoco ahora: ¿es verdad lo que me dice? ¿No se ríe usted?
   —Es verdad.
   Lisa se quedó terriblemente estupefacta y enmudeció durante medio minuto.
   —Aliosha, venga a verme, venga a verme con más frecuencia —dijo de súbito con voz suplicante.
   —Vendré a verla siempre, toda la vida —respondió con firmeza Aliosha.

Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro undécimo (1880).

miércoles, 29 de julio de 2015

Dostoyevski: la afirmación de una existencia

Albert Bierstadt. Sunset over the River.
«Soy; sufriendo miles de tormentos, soy; retorciéndome en la tortura, ¡pero soy! Estaré atado a la picota, pero existiré, veré el sol y, si no lo veo, sabré que existe».


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro undécimo (1880).

Dostoyevski: insensatas palabras de amor

Konstantín Sómov. Amantes (1920).
   —¡El amor ha pasado, Mitia! —siguió diciendo Katia—. Pero estimo el pasado hasta con dolor. Has de saberlo para toda la vida. Pero ahora, por un breve minuto, que sea lo que hubiera podido ser —balbuceó ella con una sonrisa crispada, mirándole otra vez con alegría a los ojos—. Tú ahora quieres a otra, yo también quiero a otro, pero de todos modos a ti te amaré eternamente y tú también a mí, ¿lo sabías? ¿Lo oyes? ¡Ámame, ámame toda tu vida! —exclamó casi con cierto temblor amenazante en la voz.
   —Te amaré y… sabes, Katia —se puso a decir Mitia, tomando aliento a cada palabra—, sabes, te quería a ti hace cinco días, aquella tarde… Cuando te caíste y se te llevaron… ¡Toda la vida! Será así, así será eternamente…
   De este modo se susurraban uno al otro palabras casi insensatas y exaltadas, quizá incluso mentirosas, pero en aquel instante todo era verdad y creían con toda el alma lo que decían.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, epílogo (1880).

jueves, 16 de julio de 2015

Dostoyevski: un juramento fundamental

Nikolái Roerich. La estrella del héroe (1936).
   No se detuvo en el pequeño porche, sino que bajó rápidamente los peldaños. El alma, desbordante de entusiasmo, sedienta, anhelaba libertad, espacio, anchos horizontes. Sobre su cabeza se extendía, dilatada y sin fin, la bóveda celeste llena de estrellas de suaves reflejos. Desde el cenit hasta el horizonte parecía doblarse, difusa aún, la Vía Láctea. La noche, fresca y sosegada hasta la inmovilidad, había envuelto la tierra. Las torres blancas y las cúpulas doradas de la iglesia mayor brillaban sobre el cielo sembrado de rubíes. Las opulentas flores otoñales se habían dormido hasta la mañana en los arriates cercanos a la casa. La paz de la tierra parecía fundirse con la del cielo, el misterio terrenal se tocaba con el de las estrellas… Aliosha estaba de pie, mirando, y de repente se dejó caer sobre la tierra como fulminado.
   No sabía por qué la abrazaba, no se daba cuenta de la razón por la cual experimentaba un deseo tan irresistible de besarla, de cubrirla de besos, pero la besaba llorando, regándola con sus lágrimas, y juró frenéticamente amarla, quererla por los siglos de los siglos. «Rocía la tierra con lágrimas de júbilo y ama esas lágrimas tuyas…», le resonó en el alma. ¿Por qué lloraba? Oh, él lloraba en su arranque de entusiasmo incluso por aquellas estrellas que le estaban mirando desde las profundidades del infinito, y «no se avergonzaba de su frenesí». Era como si unos hilos de todos esos infinitos mundos de Dios convergieran de golpe en su alma, y toda ella se le estremecía «al entrar en contacto con los otros mundos». Sentía deseos de perdonar a todos por todo y de pedir perdón, ¡oh!, no para sí, no, sino para todos y por todo; «para mí también otros piden», volvió a resonarle en el alma. Pero a cada instante notaba de manera nítida y como si lo palpara que algo firme e inconmovible como aquella bóveda celeste le iba penetrando en el alma. Una especie de idea se adueñaba de su mente y ello ya para toda la vida, por los siglos de los siglos. Se había dejado caer al suelo siendo un débil joven y se levantó hecho un combatiente; de ello tuvo conciencia y lo sintió de pronto en el momento de su éxtasis. Y nunca, jamás, en toda su vida, pudo olvidar Aliosha aquel momento. «Alguien me hizo una visita al alma en aquella hora», decía luego con una firmísima creencia en sus palabras…
   Tres días más tarde dejó el monasterio, lo cual estaba también conforme con las palabras de su difunto stárets, que le había mandado «vivir en el mundo».


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro séptimo (1880).

martes, 7 de julio de 2015

Dostoyevski: la aparición del hombre-dios

Léon Bonnat. Autorretrato (1855).
A mi modo de ver, no hay que destruir nada, lo único que hace falta es acabar en la humanidad con la idea de Dios, ¡es por ahí por donde hay que poner manos a la obra! Es por ahí, por ahí, por donde hace falta empezar, ¡oh, ciegos, que nada comprenden! Cuando la humanidad rechace a Dios (yo creo que este período llegará de modo paralelo a como llegan los períodos geológicos), sin necesidad de antropofagia se derrumbará por sí misma toda la antigua ideología y, sobre todo, toda la antigua moral, todo se renovará. Los seres humanos se unirán para exprimir de la vida cuando esta pueda dar, pero solo para alcanzar la felicidad y la alegría en este mundo. El hombre se encumbrará con un espíritu divino, con un orgullo titánico, y aparecerá el hombre-dios. Venciendo a cada hora y ya sin límites a la naturaleza, el hombre, gracias a su voluntad y a la ciencia, experimentará a cada hora un placer tan excelso, que le sustituirá todas las anteriores esperanzas en los placeres celestes. Cada uno sabrá que es mortal en cuerpo y alma, sin resurrección, y aceptará la muerte orgullosa y tranquilamente, como un dios. Comprenderá por orgullo que no tiene por qué murmurar que la vida es solo un instante y amará a su prójimo sin necesidad de recompensa alguna. El amor satisfará solo el instante de la vida, pero la simple conciencia de su brevedad hará más poderoso su fuego, en tanta medida cuanto anteriormente se dispersaba en las esperanzas del amor de ultratumba y sin fin.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro undécimo (1880).

martes, 30 de junio de 2015

Dostoyevski: el regocijo en lo absurdo

Jacob Jordaens. King Drinks (1640).
Mitia saludaba y se abrazaba con los conocidos, rememoraba fisonomías, descorchaba botellas y servía champán a todo el mundo, sin mirar a quién. Con el champán solo se engolosinaban las mozas; los mujiks, en cambio, preferían el ron y el coñac, y, sobre todo, el ponche caliente. (...) En una palabra, empezó algo desordenado y absurdo, pero Mitia parecía encontrarse en su elemento natural, y cuanto más absurdo se volvía todo, más animado se sentía él.

Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro octavo (1880).

viernes, 26 de junio de 2015

Dostoyevski: de lo que es capaz un hombre enamorado

Zinaida Serebriakova. Retrato de Olga Konstantinovna Lancere (1910).
Si un hombre se enamora de alguna hermosa, de un cuerpo de mujer o hasta solo de una parte del cuerpo de la mujer (un lujurioso me comprendería), es capaz de dar por ella sus propios hijos, de vender a padre y madre, a Rusia y a la patria; aun siendo honrado, robará; aun siendo un hombre manso, degollará; aun siendo fiel, traicionará.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro segundo (1880).

lunes, 22 de junio de 2015

Dostoyevski: el sucio callejón

Andrei Ryabushkin. La taberna (1891).
(...) pero el destino se cumplirá, el digno permanecerá en su sitio mientras que el indigno se hundirá en el callejón para toda la vida, en su sucio callejón, en su callejón preferido, que es el que le corresponde, y allí, en la porquería y el hedor, se perderá voluntariamente y con placer. Alguna mentira digo, las palabras se me han desgastado, las suelto como al azar, pero las cosas serán tal como las he señalado. Yo me hundiré en el callejón, mientras que ella se casará con Iván.

Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro tercero (1880).

jueves, 4 de junio de 2015

Dostoyevski: ansias de vivir

Mijaíl Nésterov. Elegía. Músico ciego (1928).
Hay ansias de vivir, y yo vivo, aun a despecho de la lógica. No importa que no crea en el orden de las cosas, pero me son caros los pegajosos brotes de los árboles que se abren en primavera, me gusta el cielo azul, me gustan ciertas personas a veces, ¿lo creerás?, sin saber a qué se debe mi afecto; me gusta el heroísmo humano, en el que, quizá, he dejado de creer hace tiempo, pero al que sigo honrando de corazón, por la fuerza de la costumbre.


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro quinto (1880).