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domingo, 20 de diciembre de 2015

Dostoyevski: el hombre en la tierra

Henri Martin. El poeta.
   Unos sollozos brotaron súbitamente del pecho de Mitia, que tomó a Aliosha de la mano:
   —Amigo, amigo, en humillación, también ahora en humillación. ¡Es espantoso lo que ha de sufrir el hombre en la tierra!, ¡son muchas, terriblemente muchas, sus calamidades! No creas que soy tan solo un bribón con grado de oficial, dedicado a beber coñac y entregado al libertinaje. Hermano, casi no pienso en otra cosa que en esto, en ese hombre humillado, si no miento. Quiera Dios que no mienta yo ahora ni me alabe. Pienso precisamente en ese hombre porque yo mismo soy un hombre así.

                        Para que de la abyección del alma
                        pueda el hombre elevarse,
                        que pacte por la eternidad
                        con la antigua madre tierra.

   »Pero ahí está la dificultad: ¿cómo pacto con la tierra por la eternidad? Yo no beso la tierra, no le abro el pecho; ¿he de hacerme, acaso, mujik o pastorcillo? Camino y no sé si he caído en la hediondez y en la vergüenza o en la luz y en la alegría. ¡En eso está la desdicha, pues todo en el mundo es enigma!


Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov, libro tercero (1880).

viernes, 14 de agosto de 2015

Emil Cioran: yo sé que todo es final

Henri Martin. Young Woman Veiled in White in a Forest
   Los hombres sufren de futuro, irrumpen en la vida, huyen en el tiempo, buscan. Y nada me hiere más que sus ojos anhelantes, vanos pero desprovistos de vanidad.
   Yo sé que todo es final, que solamente existe un instante, cada instante, que el árbol de la vida es un estallido de eternidad, reversible en los actos del ser.
   Y, así, ya no quiero nada. A menudo, cuando me encuentro en las noches que erigen los fondos del mundo, ¿cómo saber si soy o no soy? Y, entonces, ¿se puede ser o se puede no ser? O bien, atrapado en las vagas ondulaciones de la música, perdido en medio de ellas, purificado de los azares de la respiración, ¿cómo me parecería a mis semejantes?
   No tener sino una meta: ser más inútil que la música. En ella no encuentra uno ni el es ni el no es. ¿Dónde te encuentras como tumultuosa víctima de su hechizo? ¿No es acaso ella un ninguna-parte sonoro?
   Los hombres no saben ser inútiles. Ellos tienen caminos que seguir, puntos que alcanzar, necesidades que realizar. ¡No saborean la imperfección, cuando el “sentido” de la vida es el éxtasis de esa imperfección! Pero, ¿cómo revelarles la simplicidad de este misterio, cómo seducirlos con el resplandor de un misterio y embriagarlos con tan sencilla fascinación? Qué noches y qué días acuden a mi mente...


Emil Cioran. El brevario de los vencidos (1991).

viernes, 20 de marzo de 2015

Marco Aurelio: lo único que puede guiarnos

Henri Martin. El filósofo.
¿Cuál es la duración de la vida del hombre? Un punto en el espacio. ¿La sustancia? Variable. ¿Las sensaciones? Oscuras. ¿Qué es el cuerpo? Futura putrefacción. ¿Su alma? Un torbellino. ¿Su destino? Enigma. ¿Su reputación? Dudosa. En una palabra, todo lo que proviene de su cuerpo es como el agua de un torrente, y lo que dimana de su alma, como un sueño, como el humo. Su vida es un combate perpetuo, un destierro en suelo extranjero; su fama después de la muerte, un olvido absoluto. ¿Qué es, pues, lo único que puede guiarnos en este mundo? Una sola y única cosa: la filosofía. Esta consiste en velar por el genio que reside en nuestro interior, de suerte que no reciba ni afrenta ni heridas, que no se deje arrastrar por los placeres ni por los dolores, que no haga nada a la ventura, que no emplee los embustes ni la hipocresía, que no cuente nunca con lo que otro haga o deje de hacer, que acepte todo lo que suceda o que le corresponda como procedente de su mismo origen y, en fin, que aguarde la muerte con paciencia y no viendo en ella sino la disolución de los elementos que constituyen el organismo de todo ser viviente. Si estos elementos no sufren daño alguno al transformarse perpetuamente de un estado a otro, ¿por qué ha de inspirar la muerte desconfianza y temor? Todo se halla regido por la Naturaleza, luego no hay peligro alguno. Esto ha sido escrito en Carnuta.


Marco Aurelio. Meditaciones, libro II, 17 (c. 178 d. C.).

jueves, 14 de marzo de 2013

Emily Brontë: un reclamo fallido

Henri Martin. The Married Couple Study for Reapers (1902-1903).

   —Mira ese calendario que hay en la pared repuso él señalando uno que estaba colgando junto a la ventana. Las cruces marcan las tardes que has pasado con Linton; los puntos, las que hemos pasado juntos tú y yo. He marcado pacientemente todos los días. ¿Los ves?
   —¡Vaya una bobada! —repuso despectivamente Catalina—. ¿A qué viene eso?
   —A que te des cuenta de que reparo en ello —contestó Heathcliff.
   —¿Y por qué he de estar siempre contigo? —replicó ella, cada vez más irritada—. ¿Para qué me sirve? ¿De qué me hablas tú? Lo que haces para distraerme, un niño de pecho lo haría; y lo que dices, lo diría un mudo.
   —Antes no me decías eso, Catalina —repuso Heathcliff, muy agitado—. No me indicabas que te aburriera mi compañía.
   —¡Vaya una compañía la de una persona que no sabe nada ni dice nada! —argumentó la joven.

Emily Brontë. Cumbres borrascosas (1847).

domingo, 23 de diciembre de 2012

Edith Wharton: la alternativa a la separación

Henri Martin. Los amantes.

   Un profundo silencio había caído con la oscuridad sin estrellas; subían apoyados el uno en el otro, callados; pero Ethan se repetía a cada paso: “Es la última vez que caminaremos juntos”.
   Llegaron lentamente al final de la cuesta. Ya enfrente de la iglesia, él bajó la cabeza y preguntó:
   —¿Estás cansada?
   —¡Ha sido estupendo! —contestó ella jadeando.
   Con una leve presión en el brazo, la guió hacia los abetos.
   —Este trineo debe ser el de Ned Hale. De todos modos, lo dejaré donde lo encontré.
   Lo llevó a la verja de Varnum y lo dejó apoyado en la valla. Al incorporarse, sintió de pronto a Mattie a su lado entre las sombras.
   —¿Es aquí donde se besaron Ned y Ruth? —susurró ella, y le echó los brazos al cuello. Buscó a tientas con los labios los de él, recorriendo su rostro, y Ethan la abrazó con fuerza, en un éxtasis de asombro.
   —Adiós…, adiós —balbuceó ella, y volvió a besarle.
   —¡Oh, Matt, no puedo dejar que te marches! —exclamó él, con el mismo grito de siempre.
   Pero Mattie se separó de él, que la oyó sollozar.
   —¡Oh, tampoco yo! —gimió ella.
   —¡Matt! ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?
   Se cogieron las manos como niños. Matt se agitaba, sollozando desesperada.
   Oyeron en el silencio que el reloj de la iglesia daba las cinco.
   —¡Oh, Ethan, ya es la hora! —gritó ella.
   Ethan la retuvo de nuevo.
   —¿La hora de qué? ¿No creerás que voy a dejarte ahora?
   —¿Adónde iría si perdiera el tren?
   —¿Adónde irás si lo coges?
   Mattie guardó silencio, con las manos frías y relajadas en las de él.
   —¿Qué sentido tiene que uno de los dos se vaya a ningún sitio sin el otro ahora? —dijo Ethan.
   Ella no se movió, como si no le hubiera oído. Luego apartó las manos, le echó los brazos al cuello y le apretó súbitamente la mejilla húmeda en la cara.
   —¡Ethan! ¡Ethan! ¡Quiero que me lleves otra vez!
   —¿Adónde?
   —Por la cuesta. Ahora —dijo jadeando—. Pero para no volver a subir.
   —¡Matt! Pero ¿qué quieres decir?
   Ella le dijo al oído:
   —Contra el gran olmo. Dijiste que podías hacerlo. Así no tendremos que separarnos nunca.
   —Pero, ¿qué dices, Matt? ¡Estás loca!
   —No, no estoy loca; pero lo estaré si me separo de ti.
   —¡Ay, Matt, Matt! —gimió él.
   Ella le abrazó con más fuerza, con la cara pegada a la suya.

Edith Wharton. Ethan Frome (1911).