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viernes, 29 de marzo de 2013

Vargas Llosa: un deseo no concedido

Theodore Gericault. El beso.

   Con mi boca pegada  a la suya, le rogué:
   —Por una vez en tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber cómo suena, siquiera una vez.
   Después, cuando habíamos terminado de hacer el amor, y conversábamos, desnudos sobre la colcha amarilla, amenazados por los fieros guerreros mongoles y yo le acariciaba los pechos, la cintura, besaba la casi invisible cicatriz y jugaba con su liso vientre, pegando el oído a su ombligo y escuchando los rumores profundos de su cuerpo, le pregunté por qué no me había dado el gusto, diciéndome esa pequeña mentira al oído. ¿No la había dicho tantas veces, a tantos?
   —Por eso —me respondió en el acto, sin piedad—. Yo nunca he dicho «te quiero», «te amo», sintiéndolo de verdad. A nadie. Solo he dicho esas cosas de a mentiras. Porque yo nunca he querido a nadie, Ricardito. Les he mentido a todos, siempre. Creo que el único hombre al que nunca le he mentido en la cama has sido tú.

Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala (2006).