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| Franz von Stuck. El beso de la Esfinge (1895). |
El mundo
exterior había dejado de existir para Martín y ahora el círculo mágico lo
aislaba vertiginosamente de aquella ciudad terrible, de sus miserias y
fealdades, de los millones de hombres y mujeres y chicos que hablaban, sufrían,
disputaban, odiaban, comían. Por los fantásticos poderes del amor, todo aquello
quedaba abolido, menos aquel cuerpo de Alejandra que esperaba a su lado, un
cuerpo que alguna vez moriría y se corrompería, pero que ahora era inmortal e
incorruptible, como si el espíritu que lo habitaba transmitiese a su carne los
atributos de su eternidad.
Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).