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martes, 30 de abril de 2013

Sabato: el arte y el sueño

Remedios Varo. Tres destinos (1956).

   —Usted ha dicho a menudo que el arte y el sueño tienen parentesco.
   —Claro, al menos en el primer momento. En el momento en que el artista se sumerge en el inconsciente, como cuando te dormís. Pero luego sucede un segundo momento, que es de expresión, observá bien: de ex-presión, de presión hacia fuera. Por eso el arte es liberador y el sueño no, porque el sueño no sale. El arte sí, es un lenguaje, un intento de comunicación con otros. Gritás tus obsesiones a otros, aunque sea con símbolos. Lo que pasa es que ya estás despierto y a esos símbolos se mezclan entonces lecturas, ideas, voluntad creadora, espíritu crítico. Ahí es cuando el arte se diferencia radicalmente del sueño. ¿Comprendés? Pero no podés hacer arte en serio sin esa sumersión inicial en el inconsciente. Por eso es ridículo lo que proponen esos tontos: el deber de un arte nacional y popular. Como si antes de dormirte te dijeras: bueno, ahora a tener sueños nacionales y populares.
   Silvia se rió.

Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador (1974).

sábado, 31 de marzo de 2012

Sabato: escuchadores al alcance de todos



Remedios Varo. El encuentro.

   Ofrecemos los servicios de nuestros hábiles y experimentados escuchadores, que oirán todo lo que usted quiera decir, sin interrumpirlo, por un moderado estipendio. Cuando nuestros escuchadores escuchan, sus rostros expresan interés, piedad, simpatía, comprensión, odio, esperanza, desesperación, furia o alegría, según el caso lo requiera. Abogados y políticos, presidentes de clubs, predicadores, hallarán experiencia en ensayar sus discursos ante nuestros expertos. Así como las personas solitarias que no tengan con quien hablar. Cualquiera puede contarles libremente sus problemas domésticos o sexuales, sus ideas para negocios o inventos, sin temor de que su secreto sea violado. Miles de testimonios a su disposición certifican este aserto. Dé rienda suelta a sus sentimientos ante nuestros escuchadores y muy pronto advertirá los beneficios. –THE SOUTHERN LISTENING BUREAU, Little Rock, Arkansas.

Ernesto Sabato. Publicidad de periódico en Abaddón el exterminador (1974). 

jueves, 15 de marzo de 2012

Dos Sabatos

René Magritte. El espejo.
Sabato caminaba entre las gentes, pero no lo advertían, como si fuera un ser viviente entre fantasmas. Se desesperó y comenzó a gritar. Pero todos proseguían su camino, en silencio, indiferentes, sin mostrar el menor signo de haberlo visto ni oído.
Entonces tomó el tren para Santos Lugares.
Al llegar a la estación, bajó, caminó hacia la calle Bonifacini, sin que nadie lo mirase ni saludase. Entró en su casa y se produjo una sola señal de su presencia: Lolita mudamente ladró con los pelos erizados. Gladys la hizo callar, irritada: estás loca, pareció gritarle, no ves que no hay nadie. Entró a su estudio. Delante de su mesa de trabajo estaba Sabato sentado, como meditando en algún infortunio, con la cabeza agobiada sobre las dos manos.
Caminó hacia él, hasta ponerse delante, y pudo advertir que sus ojos estaban mirando al vacío, absortos y tristísimos.
–Soy yo –le explicó.
Permaneció inmutable, con la cabeza entre las manos. Casi grotescamente, se rectificó:
–Soy vos.
Pero tampoco se produjo ningún indicio de que el otro lo oyera o lo viese. Ni el más leve rumor salió de sus labios, no se produjo en su cuerpo ni en sus manos el más ligero movimiento.
Los dos estaban solos, separados del mundo. Y, para colmo, separados entre ellos mismos.
De pronto observó que de los ojos del Sabato sentado habían comenzado a caer algunas lágrimas. Con estupor sintió entonces que también por sus mejillas corrían los característicos hilillos fríos de las lágrimas.

Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador (1974).

domingo, 12 de febrero de 2012

Sabato: una rata con alas (capítulo completo)

Supuesta pintura de Maurice Utrillo. Locura.

Sin que atinara a nada (¿para qué gritar? ¿para que la gente al llegar lo matara a palos, asqueada?), Sabato observó cómo sus pies se iban transformando en patas de murciélago. No sentía dolor, ni siquiera el cosquilleo que podía esperarse a causa del encogimiento y resecamiento de la piel, pero sí una repugnancia que se fue acentuando a medida que la transformación progresaba: primero los pies, luego las piernas, poco a poco el torso. Su asco se hizo más intenso cuando se le formaron las alas, acaso por ser sólo de carne y no llevar plumas. Por fin, la cabeza.
Hasta ese momento, había seguido el proceso con su vista, y aunque no se atrevió a tocar con sus manos, todavía humanas, las patas de murciélago, no pudo dejar de ver con horrenda fascinación las garras de gigantesca rata, arrugada la piel como la de un anciano milenario. Pero luego, como ya se ha dicho, lo que más lo impresionó fue el surgimiento de las enormes alas cartilaginosas. Pero cuando el proceso alcanzó la cabeza, y empezó a sentir cómo se alargaba su hocico y cómo le crecían los largos pelos sobre la nariz husmeante, su horror alcanzó la máxima e indescriptible intensidad. Durante un tiempo quedó paralizado en la cama, donde lo había sorprendido la transformación. Trató de conservar la calma y hacerse un plan. En ese plan entraba el propósito de mantenerse callado, pues con gritar sólo lograría el acceso de personas que lo matarían despiadadamente con fierros. Había, sí, la frágil esperanza de que comprendiera que esa inmundicia viviente era él mismo, puesto que no era lógico que se hubiese instalado en su lugar de modo inexplicable.
En su cabeza de rata bullían las ideas.
Se incorporó, por fin, y sentado, trató de serenarse y tomar las cosas como eran. Con cierto cuidado, como si se tratara de un cuerpo extraño a él mismo (como de algún modo lo era), se movió hasta ponerse en la posición que acostumbraba tomar un ser humano para levantarse de la cama: es decir, se sentó de costado, con pies colgando hacia el suelo. Entonces advirtió que las patas no alcanzaban el piso. Pensó que por la contracción de los huesos, su tamaño se había hecho menor, aunque no demasiado, lo que explicaba la piel tan arrugada. Calculó que su estatura podía alcanzar más o menos el metro veinte. Se levantó, y se contempló en el espejo.
Durante largo tiempo permaneció sin moverse. Había perdido la calma y ahora lloraba en silencio ante el horror.
Hay gente que tiene ratas en su casa, fisiólogos como Houssay, que experimentan con esos asquerosos bichos. Pero él había pertenecido siempre a la clase de gente que siente invencible asco ante la sola vista de una rata. Es imaginable, pues, lo que podía sentir ante una rata de metro veinte, con inmensas alas cartilaginosas, con la repulsiva piel arrugada de esos monstruos.
¡Y él dentro!
Su vista había comenzado a debilitarse y entonces tuvo la repentina convicción de que ese debilitamiento no era un fenómeno pasajero ni producto de su emoción, sino que avanzaría paulatinamente hasta llegar a la ceguera total. Así fue: en pocos segundos más, aunque esos segundos le parecieron siglos de catástrofes y pesadillas, sus ojos llegaron a la absoluta negrura. Quedó paralizado, aunque sentía que su corazón golpeaba tumultosamente y que su piel temblaba de frío. Luego, poquito a poquito, se acercó tanteando hacia la cama, y se sentó a su costado.
Así permaneció un tiempo. Hasta que de pronto, sin poder retener, olvidando su plan y sus razonables prevenciones, se encontró lanzando un inmenso y pavoroso grito de socorro.
Pero un grito que no era humano ya sino el estridente y nauseabundo chillido de una gigantesca rata alada. Vino gente, como es natural. Pero no manifestó ninguna sorpresa. Le preguntaron qué pasaba, si se sentía mal, si quería una taza de té.
No advertían su cambio, era evidente.
No respondió nada, no dijo una sola palabra, pensando que sólo lograría que lo tomasen por loco. Y decidió tratar de vivir de cualquier manera, guardando su secreto, aun en condiciones tan horrendas.
Porque el deseo de vivir es así: incondicional e insaciable.

Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador (1974).

jueves, 26 de enero de 2012

Sabato: fragmento iniciático


Francisco de Goya. El gigante.
(…) y con muchas precauciones me robé de Gibert un tratado de análisis matemático de Borel y cuando en un café comencé a estudiarlo, mientras afuera hacía frío y yo tomaba un café caliente, comencé a pensar en aquellos que dicen
que este mercado en que vivimos
está formado por una única sustancia
que se transmuta en árboles, criminales y montañas,
intentando copiar un petrificado museo
de ideas.
Aseguran
(antiguos viajeros, escrutadores de pirámides, individuos que en sueños lo han entrevisto, algún mistagogo) que es una pasmosa colección de objetos inconmovibles y estáticos: inmortales árboles, petrificados tigres,
junto a triángulos y paralelepípedos.
Y también un hombre perfecto,
formado con cristales de eternidad,
al que torpemente quiere parecerse
(el dibujo de un niño)
un montón de partículas universales
que antes eran sal, agua, batracio,
fuego y nube,
excrementos de toro y de caballo,
vísceras podridas en campos de combate.
De modo que (siguen explicando esos viajeros, aunque ahora con levísima ironía en los ojos) con esa inmunda mezcla
de basura, tierra y restos de comida,
purificándola con agua y sol,
cuidándola anhelosamente
contra los despreciativos y sarcásticos poderes
de las grandes fuerzas terrestres
(el rayo, el huracán, el mar enfurecido, la lepra) se intenta un burdo simulacro
del hombre de cristal.
Pero aunque crece, prospera (le van bien las cosas, ¿eh?)
de pronto empieza a vacilar
hace esfuerzos desesperados
y finalmente muere
como ridícula caricatura,
volviendo a ser barro y excremento de vaca.
Si no logra al menos la dignidad del fuego.

Ernesto Sabato. Reportaje en Abaddón el Exterminador (1974).