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martes, 20 de agosto de 2013

Solzhenitsyn: prisión para los creyentes

Vasili Polénov. El arresto de un hugonote (1875). 
   Sin embargo, para erradicar definitivamente la religión en este país —uno de los objetivos principales de la GPU-NKVD en los años veinte y treinta— habría sido necesario encarcelar en masa a los propios creyentes ortodoxos. Se procedió a una intensa campaña de arresto, encarcelamiento y destierro contra los monjes y monjas, cuyos oscuros hábitos habían ennegrecido la vida rusa anterior. Se arrestaba y se juzgaba a los activistas de la Iglesia. Las ondas iban ensanchándose continuamente y pasaron a apresar a simples seglares creyentes, a personas de edad, en especial mujeres —porque su fe era más obstinada— a las que durante muchos años se conoció como monjitas en las cárceles de tránsito y en los campos de reclusión.
   Desde luego, oficialmente no se les arrestaba y juzgaba por el mero hecho de creer, sino por manifestar su fe en voz alta y educar a sus hijos en ese espíritu. Como escribió Tania Jodkévich:
   «Puedes rezar libremente, Pero... que solo te oiga Dios».
   (Por estos versos le cayeron diez años.) La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla... ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces.


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

sábado, 29 de junio de 2013

Solzhenitsyn: fundamentos para una detención

Max Ernst. Ilustración en "Una semana de bondad" (1934).
A menudo, los órganos de la Seguridad del Estado no tenían grandes fundamentos para elegir a quién había que detener y a quién dejar en paz. Se orientaban únicamente por una cifra de detenciones prevista. Para alcanzar esa cifra podía seguirse un procedimiento sistemático, pero también podían ponerse en manos del azar. En 1937 una mujer fue a las oficinas de la NKVD de Novocherkask para preguntar qué debía hacer con el niño de pecho de una vecina suya detenida. «Siéntese», le dijeron, «y ya veremos.» Permaneció sentada un par de horas y luego la sacaron de recepción y la metieron en una celda: debían completar rápidamente la cifra y no tenían bastantes agentes para enviarlos por la ciudad, ¡y a aquella mujer ya la tenían allí!


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

viernes, 31 de mayo de 2013

Solzhenitsyn: actuación para el arresto

Ernst Ludwig Kirchner. Calle de Leipzig con tren eléctrico.
Y si se trata de un simple mortal al que aterrorizan las detenciones en masa y que lleva ya una semana soportando las miradas ceñudas de sus jefes, de pronto se le llama a la sección local del sindicato donde, radiantes, le ofrecen una putiovka para el balneario de Sochi. El borrego se enternece: o sea, que sus temores eran infundados. Da las gracias y parte exultante a casa para hacer las maletas. Faltan dos horas para la salida del tren, y regaña a su esposa que tarda una eternidad. ¡Ya estamos en la estación! Aún queda tiempo. En la sala de espera o en un tenderete donde venden cerveza lo llama un joven simpatiquísimo: «¿No me conoce, Piotr Iványch?». Piotr Iványch se siente confuso: «Creo que no, aunque...». El joven se prodiga en atenciones, con la más benévola amistad: «Bueno, pero cómo, pues yo sí le recuerdo...». Y se inclina con respeto ante la esposa de Piotr Iványch: «Perdone que le robe a su esposo por un minuto...». La esposa consiente y el desconocido se lleva a Piotr Iványch confiadamente del brazo... ¡para siempre o por diez años!


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

domingo, 26 de mayo de 2013

Solzhenitsyn: el arresto

Iván Vladimirov. Interrogatorio en el comité de los pobres.
¡El arresto! ¿Hará falta decir que parte nuestra vida en dos?, ¿que se abate sobre nosotros como un rayo?, ¿que representa un duro trauma espiritual que no todos son capaces de asimilar y que a menudo conduce a la locura? El universo tiene tantos centros como seres vivos hay en él. Cada uno de nosotros es un centro del universo. Y el cosmos se desmorona cuando le dicen a uno entre dientes: «¡Queda usted detenido!»

Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

jueves, 26 de enero de 2012

Sabato: fragmento iniciático


Francisco de Goya. El gigante.
(…) y con muchas precauciones me robé de Gibert un tratado de análisis matemático de Borel y cuando en un café comencé a estudiarlo, mientras afuera hacía frío y yo tomaba un café caliente, comencé a pensar en aquellos que dicen
que este mercado en que vivimos
está formado por una única sustancia
que se transmuta en árboles, criminales y montañas,
intentando copiar un petrificado museo
de ideas.
Aseguran
(antiguos viajeros, escrutadores de pirámides, individuos que en sueños lo han entrevisto, algún mistagogo) que es una pasmosa colección de objetos inconmovibles y estáticos: inmortales árboles, petrificados tigres,
junto a triángulos y paralelepípedos.
Y también un hombre perfecto,
formado con cristales de eternidad,
al que torpemente quiere parecerse
(el dibujo de un niño)
un montón de partículas universales
que antes eran sal, agua, batracio,
fuego y nube,
excrementos de toro y de caballo,
vísceras podridas en campos de combate.
De modo que (siguen explicando esos viajeros, aunque ahora con levísima ironía en los ojos) con esa inmunda mezcla
de basura, tierra y restos de comida,
purificándola con agua y sol,
cuidándola anhelosamente
contra los despreciativos y sarcásticos poderes
de las grandes fuerzas terrestres
(el rayo, el huracán, el mar enfurecido, la lepra) se intenta un burdo simulacro
del hombre de cristal.
Pero aunque crece, prospera (le van bien las cosas, ¿eh?)
de pronto empieza a vacilar
hace esfuerzos desesperados
y finalmente muere
como ridícula caricatura,
volviendo a ser barro y excremento de vaca.
Si no logra al menos la dignidad del fuego.

Ernesto Sabato. Reportaje en Abaddón el Exterminador (1974).