martes, 25 de junio de 2013

Sabato: una pregunta importante

Marc Chagall. Amantes en gris (1917).
   Martín apoyó la cabeza sobre el pecho de Alejandra y ya nada le importó del mundo. Por la ventana veía cómo la noche bajaba sobre Buenos Aires y eso aumentaba su sensación de refugio en aquel escondido rincón de la ciudad implacable. Una pregunta que nunca había hecho a nadie (¿a quién habría podido hacérsela?) surgió de él, con los contornos nítidos y brillantes de una moneda que no ha sido manoseada, que millones de manos anónimas y sucias todavía no han atenuado, deteriorado y envilecido:
   —¿Me querés?
   Ella pareció vacilar un instante, pero luego contestó:
   —Sí, te quiero. Te quiero mucho.


Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).

domingo, 23 de junio de 2013

Camus: el más puro de los goces

Eustache Le Sueur. El rapto de Ganímedes (1650).
   Por una inconsecuencia extraña en raza tan sagaz, los griegos aseguraban que quienes morían jóvenes eran los amados de los dioses. Y no es cierto, salvo si se quiere admitir que entrar en el mundo irrisorio de los dioses es perder para siempre el más puro de los goces, que es sentir y sentirse sobre esta tierra. El presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es el ideal de hombre absurdo.


Albert Camus. El mito de Sísifo (1942).

jueves, 20 de junio de 2013

Camus: las causas perdidas

Vasili Vereshchagin. After failure (1868).
Sabedor de que no hay causas victoriosas, me gustan las causas perdidas: éstas exigen un alma entera, tanto en su derrota como en sus victorias pasajeras. Para quien se siente solidario del destino del mundo, el choque de las civilizaciones tiene algo de angustioso. Yo he hecho mía esa angustia al mismo tiempo que he querido jugar con ella mi partida. Entre la historia y lo eterno, elegí la historia porque me gustan las certezas. De ella por lo menos estoy seguro, y ¿cómo negar esa fuerza que me aplasta?


Albert Camus. El mito de Sísifo (1942). 

jueves, 13 de junio de 2013

Milan Kundera: el peso o la levedad

Remedios Varo. Banqueros en acción.
   La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas, la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real solo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?


Milan Kundera. La insoportable levedad del ser (1984).

sábado, 1 de junio de 2013

Borges: el tiempo, el universo y el hombre

Jacek Malczewski. Destino (1917).
Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente. Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universo —y en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas— es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que solo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.

Jorge Luis Borges. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1944).

viernes, 31 de mayo de 2013

Solzhenitsyn: actuación para el arresto

Ernst Ludwig Kirchner. Calle de Leipzig con tren eléctrico.
Y si se trata de un simple mortal al que aterrorizan las detenciones en masa y que lleva ya una semana soportando las miradas ceñudas de sus jefes, de pronto se le llama a la sección local del sindicato donde, radiantes, le ofrecen una putiovka para el balneario de Sochi. El borrego se enternece: o sea, que sus temores eran infundados. Da las gracias y parte exultante a casa para hacer las maletas. Faltan dos horas para la salida del tren, y regaña a su esposa que tarda una eternidad. ¡Ya estamos en la estación! Aún queda tiempo. En la sala de espera o en un tenderete donde venden cerveza lo llama un joven simpatiquísimo: «¿No me conoce, Piotr Iványch?». Piotr Iványch se siente confuso: «Creo que no, aunque...». El joven se prodiga en atenciones, con la más benévola amistad: «Bueno, pero cómo, pues yo sí le recuerdo...». Y se inclina con respeto ante la esposa de Piotr Iványch: «Perdone que le robe a su esposo por un minuto...». La esposa consiente y el desconocido se lleva a Piotr Iványch confiadamente del brazo... ¡para siempre o por diez años!


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

jueves, 30 de mayo de 2013

Flaubert: la sencillez de Felicidad

Dante Gabriel Rossetti. Beata Beatrix (1864-1870).
   El cura empezó por resumir la historia sagrada. Felicidad creía estar viendo el paraíso, el Diluvio, la torre de Babel, las ciudades envueltas en llamas, pueblos que morían, ídolos derribados. Y de este deslumbramiento conservó el respeto al Altísimo y el temor a su cólera. Después lloró escuchando la Pasión. ¿Por qué le habían crucificado, a Él que amaba a los niños, alimentaba a las multitudes, curaba a los ciegos y había querido, por bondad, nacer en medio de los pobres, sobre el estiércol de un establo? En su vida se encontraban las sementeras, las cosechas, los lagares, todas esas cosas familiares de que habla el Evangelio; el paso de Dios las había santificado; y amó más tiernamente a los corderos por amor del Cordero, a las palomas por el Espíritu Santo.
(…)
   En cuanto a los dogmas, no entendía nada, ni siquiera intentó entender. El cura hablaba, los niños recitaban, Felicidad acababa por dormirse; y se despertaba de pronto, cuando los niños se iban repiqueteando con los zuecos sobre las losas.


Gustave Flaubert. Un corazón sencillo (1877).