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| Marc Chagall. Amantes en gris (1917). |
Martín apoyó la
cabeza sobre el pecho de Alejandra y ya nada le importó del mundo. Por la
ventana veía cómo la noche bajaba sobre Buenos Aires y eso aumentaba su
sensación de refugio en aquel escondido rincón de la ciudad implacable. Una
pregunta que nunca había hecho a nadie (¿a quién habría podido hacérsela?)
surgió de él, con los contornos nítidos y brillantes de una moneda que no ha
sido manoseada, que millones de manos anónimas y sucias todavía no han
atenuado, deteriorado y envilecido:
—¿Me querés?
Ella pareció
vacilar un instante, pero luego contestó:
—Sí, te quiero.
Te quiero mucho.
Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).






