jueves, 18 de abril de 2013

Turguénev: lo vano de las cosas humanas

Valentín Serov. Retrato del artista Ilya Ostroujov (1902).

   Meditó acerca de lo vano, inútil y vulgarmente embustero de las cosas humanas. Todas las épocas de la vida —acababa de cumplir cincuenta y dos años— desfilaron unas en pos de otras ante los ojos de su pensamiento, y ninguna de ellas encontró gracia delante de él. ¡Agitarse siempre en el vacío y la nada, andar siempre dando tajos y mandobles al aire, siempre embelesarse medio cándida, medio conscientemente con el señuelo de vanas quimeras! “Poco importa lo que contenta a un niño, con tal de que no llore”, dice un proverbio ruso. Luego, de pronto, cual nieve que nos cae en la cabeza, ver llegar la vejez y con ella su compañero, el temor a la muerte, ese temor que nos zapa y nos roe sin cesar...; después, por último, ¡el chapuzón en el abismo!
   ¡Y aun dichoso si transcurre así la vida! Porque más de una vez, antes del fin, como la herrumbre ataca al hierro, llegan los achaques y el sufrimiento...

Iván Turguénev. Aguas primaverales (1872).

sábado, 13 de abril de 2013

Jorge Isaacs: el primer amor

Raoul Dufy. Jeanne con las flores (1907).

   Cerré las puertas. Allí estaban las flores recogidas por ella para mí; las ajé con mis besos; quise aspirar de una vez todos sus aromas, buscando en ellos los de los vestidos de María; bañelas con mis lágrimas… ¡Ah, los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación si ha pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!
   ¡Primer amor!... Noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda una existencia, recibiríamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; luz inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres; delirio delicioso… inspiración del Cielo… ¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amaré!

Jorge Isaacs. María (1867).

miércoles, 10 de abril de 2013

Libro de Tobit: un asesino de maridos

Johann Heinrich Füssli. La pesadilla (1781).

Ese mismo día, una mujer llamada Sara, hija de Ragüel, que vivía en la ciudad de Ectabana, en el país de Media, tuvo que sufrir también los insultos de una criada de su padre. Resulta que Sara había sido dada en matrimonio siete veces, pero en cada caso Asmodeo, un demonio malvado, había matado al esposo antes de que este se uniera a ella como en todo matrimonio.
   Entonces la criada le dijo: “¡Tú eres la que matas a tus maridos! Ya has tenido siete maridos, y no has podido llevar el apellido de ninguno de ellos. Pero el que tus maridos se te mueran no es razón para que nos castigues. ¡Muérete con ellos, sin nunca haber tenido hijos!

Libro de Tobit (siglo II a. C., aprox.)

lunes, 8 de abril de 2013

Fredric Brown: vampiros con mala suerte


Eyvind Earle. Mauve, Red and Purple (1987).
En su máquina del tiempo, Vron y Dreena, los dos últimos sobrevivientes de la raza de los vampiros, huyeron hacia el futuro para escapar de la aniquilación. Se estrechaban fuertemente las manos y se prodigaban mutuas palabras de consuelo, tan grandes eran su terror y su hambre.
   En el siglo XXII la Humanidad los había descubierto, averiguando que la leyenda de los vampiros que vivían en secreto entre los seres humanos no era una leyenda sino una realidad. Hubo una matanza en la que perecieron todos los vampiros pero aquellos dos, que ya habían estado trabajando en una máquina del tiempo y que consiguieron terminarla a punto, pudieron huir con ella. Hacia el futuro, a un futuro tan lejano que el término vampiro hubiese caído en el olvido, con el resultado que ellos podrían pasar de nuevo inadvertidos... y con su simiente hacer surgir una nueva raza.
   —Tengo hambre, Vron. Un hambre terrible.
   —Yo también, mi querida Dreena. Pronto volveremos a parar.
   Ya se habían detenido cuatro veces y en cada una de ellas salvaron la vida por los pelos. Los seres que vivían en el planeta no les habían olvidado. La última parada, medio billón de años atrás, les había mostrado un mundo gobernado por los perros... un mundo de perros, al pie de la letra: los seres humanos se habían extinguido y los perros se habían civilizado, ocupando el lugar del hombre. Sin embargo, les reconocieron y supieron lo que eran. Pudieron alimentarse sólo una vez con la sangre de una tierna perrita, pero los canes los persiguieron hasta su máquina del tiempo y tuvieron que emprender nuevamente la huida.
   —Te agradezco que hayas parado —dijo Dreena, suspirando.
   —No tienes por qué agradecérmelo —observó Vron, ceñudo—. Hemos llegado al fin del trayecto. Se nos ha terminado el combustible y aquí no encontraremos... a la sazón todos los compuestos radiactivos deben de haberse convertido ya en plomo. Viviremos aquí... o moriremos.
   Salieron a explorar.
   —Mira —dijo Dreena con voz excitada, señalando a algo que caminaba hacia ellos—. ¡Una nueva criatura! Los perros han desaparecido y algo los sustituye. Estoy segura de que ya nos han olvidado.
   El ser que se aproximaba era telépata.
   —He escuchado vuestros pensamientos —dijo una voz dentro de sus cerebros—. Os preguntáis si nosotros conocemos a los vampiros, sean estos lo que sean. Pues, no, no los conocemos.
   —¡Es la libertad! —murmuró ávidamente Dreena—. ¡Y comida!
   —También os preguntáis —continuó la voz— acerca de mi origen y evolución. Actualmente, toda la vida en el planeta es vegetal. Yo... —les hizo una reverencia— yo, miembro de la raza dominante, soy lo que antaño vosotros llamabais un nabo.  

Fredric Brown. Sangre (1955).

domingo, 7 de abril de 2013

Unamuno: un ente de ficción

Odilon Redon. El hombre primitivo. Sentado en la sombra.

   —Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
   —¿Cómo? —exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
   —Sí. Para que uno se pueda matar, ¿qué es menester?
   —Que tenga valor para hacerlo —me contestó.
   —No —le dije—, ¡que esté vivo!
   —¡Desde luego!
   —¡Y tú no estás vivo!
   —¿Cómo que no estoy vivo? ¿Es que he muerto? —y empezó, sin darse cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
   —¡No, hombre, no! —le repliqué—. Te dije que no estabas despierto ni dormido y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo…
   —¿Cómo que no existo? —exclamó.
   —No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellas de mis lectores que tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes tu secreto.

Miguel de Unamuno. Niebla (1914).

domingo, 31 de marzo de 2013

Wittgenstein: lenguaje y claridad

Juan Gris. El libro abierto (1925).

   El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

Ludwig Wittgenstein. Tractatus Logico-Philosophicus (1921).

sábado, 30 de marzo de 2013

Heidegger: la angustia

Wilhelm Kotarbinski. La agonía en el huerto.

   La angustia radical puede emerger en la existencia en cualquier momento. No necesita que un suceso insólito la despierte. A la profundidad con que domina corresponde la nimiedad de su posible provocación. Está siempre al acecho, y, sin embargo, solo raras veces cae sobre nosotros para arrebatarnos y dejarnos suspensos.

Martin Heidegger. ¿Qué es la metafísica? (1929).