miércoles, 19 de septiembre de 2012

Sartre: la decadencia de un marido

Edvard Munch. El vampiro (1895).
Pedro dormía, tenía una semisonrisa cándida; inclinaba la cabeza: hubiérase dicho que quería acariciar su mejilla con su hombro. Eva no tenía sueño, pensaba: "recapitulación". Pedro había tomado de pronto un aire estúpido y la palabra había corrido fuera de su boca larga y blanquecina. Pedro había mirado hacia adelante con asombro, como si viera la palabra y no la reconociera; su boca estaba abierta, blanda; algo parecía haberse roto en él. "Ha tartamudeado, es la primera vez que le ocurre. Por lo demás no lo ha notado. Dijo que no encontraba más sus ideas". Pedro lanzó un pequeño gemido voluptuoso y su mano hizo un gesto ligero.
   Eva le miró duramente: "Cómo irá a despertarse". Eso la corroía. En cuanto Pedro se dormía pensaba en eso, no podía evitarlo. Tenía miedo de que se despertara con los ojos turbios y se pusiera a tartamudear. "Qué estúpida soy", pensó, "eso no debe comenzar antes de un año. Franchot lo ha dicho". Pero la angustia no la abandonaba; un año; un invierno; una primavera; un verano: el comienzo de otro otoño. Un día se confundirían esos rasgos, dejaría colgar la mandíbula, abriría a medias los ojos lacrimosos. Eva se inclinó sobre la mano de Pedro y posó en ella los labios: "Te mataré antes".

Jean-Paul Sartre. La cámara (1939).

domingo, 16 de septiembre de 2012

Kafka: un simio humanizado

Sue Coe. Mono.
   Cuando vuelvo la vista hacia mi evolución y a su meta actual, ni me quejo ni estoy satisfecho. Con las manos en los bolsillos, la botella de vino sobre la mesa, estoy medio tumbado, medio sentado en la mecedora y miro por la ventana. Si viene visita, la recibo como es debido. Mi empresario está en la antesala; si llamo, viene y escucha lo que tengo que decir. Por la noche casi siempre hay representación, y tengo éxitos difíciles de superar. Cuando regreso tarde a casa de los banquetes, de sociedades científicas, de estar en agradable compañía, me espera una pequeña chimpancé medio amaestrada y me complazco con ella a la manera de los simios. Durante el día no quiero verla; tiene en la mirada el extravío del animal amaestrado y confundido; solo yo lo advierto y no puedo soportarlo.

Franz Kafka. Informe para una academia (1917).

sábado, 15 de septiembre de 2012

Camus: el amor de Don Juan

Konstantin Somov. Amantes. Tarde (1910).
Si bastara con amar, las cosas serían demasiado sencillas. Cuanto más se ama, más se consolida lo absurdo. Don Juan no va de mujer en mujer por falta de amor. Es ridículo representarlo como un iluminado en busca del amor total. Mas justamente porque las ama con idéntico arrebato, y cada vez con todo su ser, tiene que repetir ese don y esa profundización. De ahí que cada una espere aportarle lo que nadie le ha dado nunca. Cada vez, ellas se equivocan terminantemente y solo consiguen que acabe sintiendo la necesidad de esa repetición. «Por fin —exclama una de ellas—, te he dado el amor.» ¿Acaso es sorprendente que Don Juan se ría de ella? «¿Por fin? No —dice—, una vez más.» ¿Por qué iba a ser menester amar pocas veces para amar mucho?

Albert Camus. El mito de Sísifo (1942).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sabato: el poema de Bruno

Remedios Varo. Aurora (1962).
   —Sí, Alejandra es un ser complicado. Y tan distinta a la madre. En realidad es una tontería esperar que los hijos se parezcan a sus padres. Y acaso tengan razón los budistas, y entonces ¿cómo saber quién va a encarnarse en el cuerpo de nuestros hijos?
   Como si recitara una broma, dijo:

                       Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:
                       a una hormiga,
                       a un árbol,
                       a un tigre de Bengala;
                       mientras nuestro cuerpo se disgrega
                       entre gusanos
                       y se filtra en la tierra sin memoria,
                       para ascender luego por los tallos y las hojas,
                       y convertirse en heliotropo o yuyo,
                       y después en alimento del ganado,
                       y así en sangre anónima y zoológica,
                       en esqueleto,
                       en excremento.
                       Tal vez le toque un destino más horrendo
                       en el cuerpo de un niño
                       que un día hará poemas o novelas,
                       y que en sus oscuras angustias
                       (sin saberlo)
                       purgará sus antiguos pecados
                       de guerrero o criminal,
                       o revivirá pavores,
                       el temor de una gacela,
                       la asquerosa fealdad de comadreja,
                       su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,
                       su fama de prostituta o pitonisa,
                       sus remotas soledades,
                       sus olvidadas cobardías y traiciones.


   Martín lo oyó perplejo: por una parte parecía que Bruno recitaba en broma, por otra sentía que de algún modo aquel poema expresaba seriamente lo que pensaba de la existencia: sus vacilaciones, sus dudas. Y conociendo ya su extremo pudor, se dijo: Es de él.

Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).

viernes, 7 de septiembre de 2012

Vargas Llosa: ¿por qué todos son mis enemigos?

Edvard Munch. Melancolía (1892).

Estaba sorprendido: debería sentirse excitado o aterrado, algún trastorno físico debía recordarle la delación. Creía que los animales, después de cometer un asesinato, se hundían en un vértigo y quedaban como hipnotizados. Él solo sentía indiferencia. Pensó: <<Estaré seis horas en la calle. Iré a verla pero no podré decirle nada de lo que ha pasado>>. ¡Si tuviera alguien con quien hablar, que pudiera comprender o al menos escucharlo! ¿Cómo fiarse de Alberto? No solo se había negado a escribir en su nombre a Teresa, sino que en los últimos días lo provocaba constantemente —a solas, es verdad, pues ante los otros lo defendía—, como si tuviera algo que reprocharle. <<No puedo fiarme de nadie>>, pensó. <<¿Por qué todos son mis enemigos?>>.

Mario Vargas Llosa. La ciudad y los perros (1963).

viernes, 31 de agosto de 2012

Christina Rossetti: una decepción reservada

Frederick Frary Fursman. En el jardín (1909).
   Es fácil ridiculizar a una mujer de casi treinta años por creerse amada sin que se le haya dicho una palabra y por sufrir después una gran decepción; sin embargo, Lucy Charlmont no era una persona digna de desprecio. Aunque durante un tiempo había vivido engañada, jamás había permitido que el señor Hartley percibiera el menor atisbo de sus falsas esperanzas; y, si bien ahora se sentía decepcionada, luchaba  con valor para no revelar su pena. Sola en su habitación, podía sufrir de manera intensa y visible, pero en cuanto alguien la miraba se mantenía firme. Algunas veces tenía la sensación de que, de un momento a otro, sus nervios cederían a la tensión; pero ese momento no llegó nunca y resistió. Pero ¿quién es lo bastante fuerte para aguantar día tras día una tensión extrema y no mostrar el menor indicio?

Christina Rossetti. Lugares comunes (1870).

martes, 28 de agosto de 2012

Edith Wharton: dos espíritus en comunión

Paul Cezanne. Pareja en un jardín (1873).

   Hacía ya un año que Mattie Silver vivía bajo su techo, y él tenía frecuentes ocasiones de verla desde primera hora de la mañana hasta que se sentaban a cenar; pero ningún momento en su compañía era comparable a aquellos en que volvían a la granja andando de noche y ella le cogía del brazo y corría a paso ligero para seguir el ritmo de las largas zancadas de él. (…)
   Y, en los paseos nocturnos de vuelta a la granja, era cuando sentía más intensamente la dulzura de esta comunión. Siempre había sido más sensible al encanto de la belleza natural que la gente que le rodeaba. Sus estudios inconclusos habían moldeado esa sensibilidad y, hasta en los momentos de mayor desdicha, el campo y el hielo le hablaban con persuasión profunda y convincente. Pero la emoción había sido hasta entonces como un dolor silencioso que velaba de tristeza la belleza que evocaba. Ni siquiera sabía si existía en el mundo otra persona que sintiera como él, o si él era la única víctima de este triste privilegio. Y entonces descubrió que otro espíritu temblaba con la misma sensación de asombro: que a su lado, viviendo bajo su techo y comiendo su pan, había una criatura a quien podía decirle: <<La de allá es Orión; aquella grande de la derecha, Aldebarán; y ese grupo de estrellitas que parece un enjambre de abejas… son las Pléyades>>.

Edith Wharton. Ethan Frome (1911).