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| Theodore Gericault. El beso. |
Con mi boca
pegada a la suya, le rogué:
—Por una vez en
tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero
saber cómo suena, siquiera una vez.
Después, cuando
habíamos terminado de hacer el amor, y conversábamos, desnudos sobre la colcha
amarilla, amenazados por los fieros guerreros mongoles y yo le acariciaba los
pechos, la cintura, besaba la casi invisible cicatriz y jugaba con su liso
vientre, pegando el oído a su ombligo y escuchando los rumores profundos de su
cuerpo, le pregunté por qué no me había dado el gusto, diciéndome esa pequeña
mentira al oído. ¿No la había dicho tantas veces, a tantos?
—Por eso —me
respondió en el acto, sin piedad—. Yo nunca he dicho «te quiero», «te amo»,
sintiéndolo de verdad. A nadie. Solo he dicho esas cosas de a mentiras. Porque
yo nunca he querido a nadie, Ricardito. Les he mentido a todos, siempre. Creo
que el único hombre al que nunca le he mentido en la cama has sido tú.
Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala (2006).






