domingo, 14 de octubre de 2012

Nietzsche: la luz y la noche

José Cuneo. Luna y azotea.

  Es de noche: hablan ahora más fuertes todos los manantiales saltarines. Y mi alma también es un manantial saltarín.
   Es de noche: despiertan ahora por vez primera todas las canciones de los amantes. Y mi alma también es la canción de un amante.
   Algo insaciado, insaciable, hay en mí que quiere hacerse sonoro. Un deseo de amor hay en mí que también habla el lenguaje del amor.
   Yo soy la luz: ¡ojalá fuera noche! Pero ésta es mi soledad, estar rodeado de luz.
   ¡Ojalá fuera sombrío y nocturno! ¡Cómo habría de sorber en los pechos de la luz!
   ¡E incluso a vosotros quiero aún bendeciros, a vosotros pequeñas estrellas centelleantes y gusanos luminosos de ahí arriba! —y ser dichoso, por supuesto, por vuestros regalos de luz.

Friedrich Nietzsche. La canción de la noche en Así habló Zaratustra (1883-1885).

miércoles, 10 de octubre de 2012

Lope de Vega: el escepticismo por la imprenta

Henri Matisse. Naturaleza muerta con libros y vela (1890).



BARRILDO
        Después que vemos tanto libro impreso,
        no hay nadie que de sabio no presuma.

LEONELO
        Antes que ignoran más siento por eso,
        por no se reducir a breve suma;
        porque la confusión, con el exceso,        
        los intentos resuelve en vana espuma;
        y aquel que de leer tiene más uso,
        de ver letreros sólo está confuso.  
        No niego yo que de imprimir el arte
        mil ingenios sacó de entre la jerga,       
        y que parece que en sagrada parte
        sus obras guarda y contra el tiempo alberga;
        éste las distribuye y las reparte.
        Débese esta invención a Gutemberga,
        un famoso tudesco de Maguncia,               
        en quien la fama su valor renuncia.
        Mas muchos que opinión tuvieron grave
        por imprimir sus obras la perdieron;
        tras esto, con el nombre del que sabe
        muchos sus ignorancias imprimieron.     
        Otros, en quien la baja envidia cabe,
        sus locos desatinos escribieron,
        y con nombre de aquél que aborrecían
        impresos por el mundo los envían.

BARRILDO
        No soy de esa opinión.

LEONELO
        El ignorante        
        es justo que se vengue del letrado.

BARRILDO
        Leonelo, la impresión es importante.

LEONELO
        Sin ella muchos siglos se han pasado,
        y no vemos que en éste se levante
        un Jerónimo santo, un Agustino.

BARRILDO
        Dejadlo y asentaos, que estáis mohino.


Lope de Vega. Fuenteovejuna (1618).

sábado, 6 de octubre de 2012

Vargas Llosa: toda novela es una mentira

Remedios Varo. El juglar.

Quizás, amigo novelista en ciernes, sea éste el momento oportuno para hablar de una peligrosa noción aplicada a la literatura: la autenticidad. ¿Qué es ser un escritor auténtico? Lo cierto es que la ficción es, por definición, una impostura —una realidad que no es y sin embargo finge serlo— y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad. 

Mario Vargas Llosa. Cartas a un joven novelista (1997).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: la influencia de un libro

Patricia Highsmith en Nueva York (1941).
Solo en estos últimos años me he dado cuenta de que en mi escritura ha tenido una importante influencia un libro llamado The Human Mind (La mente humana), de Karl Menninger, que mis padres compraron casualmente cuando yo tenía ocho o nueve años. Ese libro trata de aberraciones y enfermedades mentales y presenta resúmenes de casos en los que se ofrece en negrita el historial o los síntomas de un paciente —cleptomanía, piromanía, pederastia, esquizofrenia paranoide, por ejemplo— y debajo, en tipografía normal, los comentarios del psiquiatra acerca de si esa persona se curó o no, o sobre si había o no alguna esperanza para aquel caso. De niña me fascinó aquel grueso tomo, aunque no me di cuenta del efecto causado en mí hasta que pasaron algunos años. Pero el hecho de que empezara a escribir historias breves de carácter retorcido o psicópata cuando tenía quince o dieciséis años habla de la influencia que tuvo ese libro, que para mí era como una colección de cuentos de hadas; cuentos reales en cualquier caso.

Patricia Highsmith. Prólogo del libro Escalofríos (1989).

sábado, 29 de septiembre de 2012

Borges: todo hombre es dos hombres

Franklin Carmichael. El lago espejo (1929).

   En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 ("perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores") y 11:12 ("el reino de los cielos padece fuerza") para demostrar que la Tierra influye en el cielo, y a I Corintios 13:12 ("vemos ahora por espejo, en oscuridad") para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá contaminados por los monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos proyectan en reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme; si fornicamos, el otro es casto; si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él.

Jorge Luis Borges. Los teólogos (1949).

martes, 25 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: una carta adversa

Pierre Bonnard. La carta (1906).
Don,
      lamento muchísimo haber esperado tanto tiempo antes de contestar tu carta, pero aquí voy siempre de una cosa a otra. Hasta hoy no he conseguido instalarme con el orden suficiente para empezar a trabajar. (...)
      Eres un ángel, Don. Lo sé y no lo pienso olvidar. Tampoco olvidaré nuestros días en la Côte. Pero, querido, no soy capaz de verme en un cambio de vida tan radical y abrupto como para casarme, ya sea aquí o allá. Me resultará imposible pasar las Navidades en Estados Unidos porque estoy muy ocupada por aquí. Por otra parte, ¿por qué ibas tú a arrancar tus raíces de Nueva York? Tal vez en Navidad, cuando te llegue esta carta, tus sentimientos hayan cambiado un poco.
      ¿Me volverás a escribir, por favor? ¿Intentarás que esto no te haga desgraciado? ¿Y podemos volver a vernos? ¿Tal vez de manera inesperada y maravillosa, como pasó en Juan-les-Pins?

Rosalind

   Se metió la carta en el bolsillo y salió a toda velocidad a la calle. Sus pensamientos eran un caos, señales de una angustia mortal, gritos de una muerte silenciosa, órdenes confusas que impelían a su ejército derrotado a retirarse antes de que fuera demasiado tarde, a no abandonar, a no morir.
   Un pensamiento se abrió paso con cierta claridad: la había asustado. Su declaración estúpida y desenfrenada, el torrente de planes se había vuelto sin duda en su contra. Si hubiera dicho solo la mitad, ella habría entendido cuánto la quería. Pero había sido muy concreto. Le había dicho: <<Querida, te amo. ¿Puedes venir a Nueva York por Navidad? Si no, puedo volar yo a París. Quiero casarme contigo. Si prefieres vivir en Europa, me las arreglaré para instalarme allí también. Me sería tan fácil...>>.
   ¡Qué imbécil había sido!

Patricia Highsmith. Pájaros a punto de alzar vuelo (1946).

sábado, 22 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith: un crimen peculiar

Jean David. El espantapájaros y las aves.
   Había decidido que el mejor momento para poner en práctica su plan era a plena luz del día, mejor que por la noche, cuando se hubiera visto obligado a usar una linterna en cuyo extraño brillo alguien habría podido reparar. De modo que Skip rodeó el cuerpo de Frosby con un brazo y lo arrastró campo arriba hacia su espantapájaros. Era un trayecto de casi un kilómetro. Skip llevaba una cuerda y un cuchillo en los bolsillos traseros. Cortó el viejo espantapájaros, cortó las cuerdas que sujetaban las prendas de ropa a la cruz, vistió a Frosby con los viejos pantalones y la chaqueta, le ató un saco de arpillera en torno a la cabeza y a la cara y le plantó encima el sombrero. Como el sombrero se negaba a permanecer en su sitio si no lo ataba, Skip le abrió unos agujeros en el ala con la punta de su cuchillo para pasar la cuerda. Luego recogió los sacos y echó a andar de vuelta hacia su casa, cuesta abajo, con muchas miradas hacia atrás para admirar su obra y muchas sonrisas. El espantapájaros parecía casi el mismo de siempre. Había resuelto un problema que mucha gente consideraba difícil: qué hacer con el cuerpo. Además, podía darse el gusto de contemplarlo con sus anteojos desde la ventana del piso superior.

Patricia Highsmith. A merced del viento (1979).