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| Pierre-Auguste Renoir. Le Moulin de la Galette. |
Felipe mostraba aquellos días una alegría animada que le conocí antaño conmigo. El espectáculo de su placer me hacía daño. Sobre todo, sufría viéndole interesarse por tantas mujeres distintas. Me parece que hubiera tolerado mejor una pasión única, irresistible. Eso hubiese sido terrible, sin duda, y mucho más peligroso para mi hogar, pero al menos tendría la misma grandeza que mi amor. Lo más penoso era ver a mi héroe conceder tanta importancia a seres amables, acaso, pero a los que yo encontraba bastante mediocres. Un día me atreví a decirle:
—Querido Felipe, quisiera comprenderte. ¿Qué placer encuentras en tratar a la pequeña Yvona Prévost?... No es tu amante, me lo dices y te creo, pero entonces ¿qué representa para ti?... ¿La encuentras inteligente?... A mí, más que otra cosa, me aburre.
—¿Yvona?... ¡Oh, no, no es fastidiosa!... Es necesario hablarle de lo que entiende. Es hija y mujer de marinos; conoce muy bien los barcos, el mar. La primavera última, pasé algunos días en el Midi, con ella y su marido. Nadamos y marchamos a la vela; era muy entretenido... Luego, es alegre, está bien formada, gusta mirarla... ¿qué más quieres?...
—¿Para ti?... Mucho más... Entiéndeme, querido, te hallo digno de las mujeres más notables y te veo aficionado a las pequeñas criaturas lindas, pero banales.
—¡Qué injusta y qué severa eres!... Elena y Francisca, por ejemplo, son dos mujeres notables. Y, además, son muy viejas amigas mías. Antes de la guerra, cuando estuve tan enfermo, Elena se portó admirablemente. Fue a cuidarme y acaso me salvó... ¡Eres muy extraña, Isabel!... ¿Qué es lo que deseas?... ¿Qué me pelee con la humanidad entera, para permanecer sólo contigo?... Me aburriría al cabo de dos días... y tú también.
—¡Oh, yo no!... Yo estoy dispuesta a encerrarme contigo en una prisión para siempre. Eres tú quien no podría soportarlo.
—Ni tú tampoco, mi pobre Isabel; tú deseas eso porque no lo tienes; pero si te hiciera llevar tal vida, te horrorizarías de ella.
—Pruébalo, querido, ya verás. Escucha: Navidad se acerca; vámonos juntos, solos... ¡me gustaría tanto!... Sabes que para mí no hubo viaje de bodas.
—¿Por qué no?... Encantado... ¿Adónde quieres que vayamos?
—¡Ah!... Me es igual, sea donde sea, el caso es estar contigo.
Acordamos ir a pasar algunos días a la montaña, e inmediatamente escribí a Saint-Moritz para reservar habitaciones.
La idea de este viaje fue suficiente para hacerme feliz pero Felipe seguía estando sombrío.
André Maurois. Climas de amor (1929).

